Museo de Bellas Artes de Granada. versión imprimible

colecciones: incremento del patrimonio histórico

El Velatorio de López Mezquita. Ilustra la sección incremento del PH
El Velatorio de López Mezquita

José María López Mezquita (1883-1954)

El velatorio, 1910

Óleo sobre lienzo

200 x 300 cm.

En cuanto a las menciones que recibió la obra, hay que señalar que en 1910 López Mezquita se presentó a la Exposición Nacional con varios cuadros, entre los que se encontraba El velatorio y el retrato de La familia Bermejillo. Fue este segundo cuadro y no El velatorio el que a juicio del jurado mereció la medalla de primera clase. No cabe duda que el tema representado pudo influir en aquella decisión. Aun así, El velatorio, obtuvo una medalla de plata en la Exposición de Bellas Artes de Buenos Aires de 1910.

 

El velatorio es una pintura de gran complejidad tanto compositiva como temática. A simple vista nos parece contemplar una típica escena de zambra gitana en el interior de una cueva del Sacromonte, en la que una gitana baila al son del cante y el toque de la guitarra al tiempo que es jaleada por las palmas del resto de gitanos que la rodean. Sin embargo, cuando dirigimos la mirada al centro del cuadro descubrimos, no sin asombro, que el protagonismo recae sobre un pequeño ataúd abierto que deja ver el cadáver de un de un niño cubierto por tules, flores y cintas de colores e iluminado por las mechas de tres velones.

 

Fue el asunto del cuadro y la dualidad con la que es tratado lo que llamó la atención de sus contemporáneos y lo que sigue provocando hoy día asombro cuando se le contempla. El autor mezcla a partes iguales vida y muerte, alegría y dolor, la belleza de la juventud y la fealdad de la vejez. Es una imagen intensa en la que se retrata una página de la España negra y primitiva que cuesta trabajo entender salvo si se tiene presente que la visión de la tragedia que puede representar la muerte de un niño se puede transformar en un acontecimiento festivo si se tiene la creencia de que en realidad se celebra que el alma de un ángel regresa al cielo.

 

Es una composición abigarrada de figuras en la que López Mezquita muestra todos los elementos de su estilo como la factura suelta, el color sobrio y la entonación que están al servicio de ayudar a transmitir efectos complementarios a las emociones, como la atmósfera oscura y densa por el humo del interior de la cueva, e incluso logra transmitir la atmósfera acústica con los sonidos procedentes de las guitarras, el cante y las palmas, que conducen a los personajes hacia una especie de catarsis colectiva.

 

No se puede pasar por el alto la espléndida galería de retratos que nos deja López Mezquita en este lienzo, género este del retrato en el que sobresalió con notoriedad, si bien en esta ocasión la representación de los tipos tiene el valor añadido de transformarse en una descripción antropológica.