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Un paseo por la Feria de Abril

Dentro de la multitud de obras con temática costumbrista de la colección del Museo de Bellas Artes de Sevilla, hemos seleccionado un grupo de ellas relativas a la Feria de Abril y pertenecientes al rico repertorio iconográfico que sobre este tema comenzó a generarse desde mediados del siglo XIX, momento cuya visión romántica y pintoresca generaría la tradicional imagen que fascinó a muchos viajeros extranjeros y que daría fruto a la concepción actual de la fiesta sevillana. Evocaciones nostálgicas en las que cada autor plasmó su particular versión del mundo feriante que perduran como valiosos testimonios ya que hoy, igual que ayer, permanece como testimonio del carácter y seña de identidad de la ciudad.

Feria de Sevilla, 1853
Dickinson Brothers
Litografía. 115 x 198 mm (placa)/ 180 x 263 mm (papel)
Dib.: Louisa Teninson (Hornscastle, 1819 - ?, 1882) y Egron Lundgren (Estocolmo, 1815- 1875)
Pub.: Louise Teninson, Castile and Andalucia, Londres, Richard Bentley, 1853
Donación Francisco Luque Cabrera, 2016

Los orígenes de la Feria de Abril de Sevilla se remontan al año 1846, cuando los concejales José María Ibarra y Narciso Bonaplata propusieron al Cabildo Municipal la celebración de una feria anual que motivase las transacciones económicas e inyectase una reactivación del sector agropecuario,  en una ciudad que intentaba reponerse a la crisis económica que arrastraba desde la invasión francesa. 

La iniciativa del vasco y del catalán fue aprobada por la Reina Isabel II el 18 de abril de 1847. Así, se instauró la Feria sevillana, que en sus comienzos tuvo un carácter eminentemente mercantil, dedicada a la compra y venta de ganado. Se acordó su celebración anual durante los días 18, 19 y 20 de abril que, curiosamente, coincidió con el Lunes, Martes y Miércoles Santo en los primeros años. Desde sus comienzos se instaló en el recinto del Prado de San Sebastián, que quedaba aún a las afueras de la capital, y donde se levantaron las primeras casetas. Tal y como se recogió en la prensa del momento, y como se aprecia en la estampa que nos ocupa, se inauguró  una exposición de ganado con adquisición de premios en concurso, También se levantó todo un entramado urbano efímero en el que se incluyeron hileras de casetas para establecimientos y puestos de dulces, tiendas de buñolerías, bodegones y tabernas, sin olvidar los toldos instalados para refugiar a los tratantes de ganado así como aquellas destinadas a los comerciantes y compradores.

Esta litografía ilustra a la perfección el ambiente de algarabía de la fiesta en la que se entremezclan tipos populares, captados en diversas tareas y actitudes, o mujeres elegantemente ataviadas con niños que pasean entre las especies ganaderas.


Baile en una caseta de Feria, 1860
Manuel Cabral Bejarano (Sevilla, 1827-1891) 
Óleo sobre lienzo. 50 x 65 cm
Depósito de la Asociación de Amigos del Museo de Bellas Artes de Sevilla, 1992

Esta obra entra de lleno en la abundante producción que Manuel Cabral Bejarano desarrolló en su primera época, obras de pequeño formato con tipos populares y escenas anecdóticas en las que prima lo costumbrista, folclórico y agradable, de fácil venta como recuerdo turístico. 

En el interior de una caseta, configurada a partir de toldos con amplios cortinajes que la decoran, el artista dispone a un grupo cuyo centro lo ocupa la figura femenina. Cierran la composición los personajes masculinos que se disponen a su alrededor actuando para su disfrute. Tan interesante como la descripción del conjunto resulta la de los diferentes tipos humanos que aparecen, tanto populares como burgueses, expresándose cada uno por medio de diversas posturas y gestos así como por sus diferentes y propios atuendos. Vemos elegantes figuras, como la dama o los caballeros con levita y sombrero de copa, mientras que otras reflejan tipos sacados de la iconografía costumbrista, como varios hombres vestidos con traje corto, algunos en mangas de camisa, con faja y cubiertos con pañuelos o con sombrero calañés. 

Los personajes que se encuentran en primer plano están descritos con más precisión y detalle, que se va perdiendo a medida que la composición gana en profundidad, por lo que las figuras más lejanas están apenas esbozadas. Al fondo, a través del acceso a la caseta, se atisba el exterior, en el que sobresale la representación de la antigua, y actualmente perdida, Puerta de San Fernando, monumento fundamental que daba acceso a la Feria y que se constituyó como imagen referente del entorno de la misma en el Prado de San Sebastián en las plasmaciones pictóricas del momento. 


La Feria de Sevilla en Santa Justa, 1884
L.A.B.D.F.
Xilografía. 306 x448 mm (plancha) / 372 x 518 mm (papel)
Dib.: Fernando Tirado (Sevilla, 1862 - 1907)
Pub.: Le Monde Illustré, París, 7 de junio de 1884, pp. 306 ¿ 361
Donación Francisco Luque Cabrera, 2016

Este grabado muestra uno de los bancales que se destinaban al pastoreo y estancia de las reses durante los días festivos. Gran parte del ganado se ubicaba, concretamente, en el Prado de Santa Justa, donde se levantaron casetas a modo de tiendas con sencillas estructuras y lonas para refrescar a los ganaderos. 

La composición, realizada a partir de un dibujo de Fernando Tirado, presenta un paisaje que muestra un terreno agreste, donde se dispone en un primer plano el perfil de un caballista, con traje de corto y catite, que monta a lomos de un caballo enjaezado a la jerezana, con los característicos madroños que decoran la cabeza. Destaca también el grupo de la derecha, tipos populares en descanso y animados por el cante de una mujer que toca la guitarra.

En perspectiva, va discurriendo la escena, con la inclusión de elementos anecdóticos como es el caso del perro pastor ubicado en el centro, que vigila atentamente el rebaño de ovejas, o la estampa, tan andaluza y que tanto se representó en el imaginario romántico andaluz, de los garrochistas junto a los mansos bueyes.  Al fondo, se recorta el perfil de la ciudad, coronada por la presencia de la catedral sevillana con la Giralda.

 

Buñoleras, 1886.
Schwein Holzstich (?)
Xilografía iluminada a mano. 230 x 316 mm (plancha) / 272 x 381 mm (papel)
Dib.: Joaquín Araujo y Ruano (Ciudad Real, 1851 - Madrid, 1894) 
Pub.: Über land und Meer. Allgemeine Illustrirte Zeitung, Stuttgart, 1886, p. 185
Donación Francisco Luque Cabrera, 2016

La fantástica escena popular de las buñoleras faenando en plena Feria, es una de los trasuntos más tópicos de la fiesta, que perdura incluso en la actualidad. El rico colorido que presenta, al estar pintada a mano, refuerza la composición limitada a la hilera de casetas, cuyas puertas quedan abiertas a cualquier visitante. 

Reflejan  la diversidad de la sociedad sevillana, en que las clases más modestas vieron en este periodo festivo un medio idóneo para ganarse la vida. Ya en 1850 se expidieron licencias para 15 puestos que podían vender buñuelos de viento, dulce típico de verbenas y ferias. El Ayuntamiento trató de uniformar los tenderetes destinados a albergar a las  gitanas que los vendían, así como aquellos puestos destinados a servir comidas o para el despacho de vino y aguardiente. La ubicación que se les otorgó en el antiguo Real del Prado de San Fernando fue el terreno comprendido entre el antiguo arroyo del Tagarete hacia la Enramadilla, que era donde terminaba el campo de la feria.

Estas buñoleras, con trajes característicos adornados con coloridos mantoncillos, se disponen alrededor de las lumbres de los peroles,  junto a las espuertas de carbón. Una de ellas intenta captar la atención de un elegante transeúnte con gestualidad algo teatral, invitándole a consumir uno de los dulces que venden. Al fondo, destaca el trajín de visitantes, y al otro lado, las piaras de cerdos y rebaños de ovejas que refuerzan el sentido ganadero de esta Feria, que pronto se difuminaría. 


Sevilla en fiestas, 1915
Gustavo Bacarisas (Gibraltar, 1873 - Sevilla, 1971)
Óleo sobre lienzo, 300 x 305 cm
Donación del comercio sevillano, 1939

Gustavo Bacarisas es una de las figuras más destacadas dentro del panorama de la pintura sevillana de la primera mitad del siglo XX. Sería exagerado considerarlo como un pintor vanguardista aunque sí supo superar los convencionalismos de la pintura decimonónica, creando un estilo muy personal de claras influencias modernistas e impresionistas, pero sobre todo del arte fauve, con vibrantes pinceladas sueltas. 

Bacarisas presenta en esta obra, probablemente la mejor versión moderna y la más universal de la feria sevillana, a la vez que supone un canto a la belleza y la gracia de la mujer andaluza. Capta la atención el foco colorista del centro que destaca la majestuosidad de las tres mujeres ataviadas con vaporosos trajes de faralaes, mantillas y abanicos. En cambio, difumina los laterales, en los que de manera abocetada y en penumbra, pueden distinguirse una serie de personajes populares. 

Bacarisas tenía predilección por los cuadros de ambiente nocturno a los que supo dotar de una atmósfera de gran lirismo que le sirvió para experimentar con los contrastes acusados de luz y color. La potente luz, irradiada desde un punto exterior al cuadro, que ilumina a las tres figuras femeninas y que se va difuminando, a medida que se aleja de ellas, sobre los personajes secundarios, permite distinguir siluetas y algunos rostros así como la arquitectura de fondo, que cierra la composición a modo de telón. 

Resulta interesante resaltar que ya en pleno siglo XX la Feria toma un carácter muy diferente al de años anteriores,  ya que se consolida su sentido plenamente lúdico y festivo, convirtiéndose en uno de los eventos sociales de mayor relevancia. Comienza a forjarse la imagen que hoy día se vincula tradicionalmente a ella, en la que el pintor Bacarisas tuvo un papel esencial al ser el configurador del diseño actual de la pañoleta, el frente triangular ornamentado de las casetas. 


Retrato de Conchita, hacia 1910
José Rico Cejudo (Sevilla, 1864 - 1939)
Óleo sobre lienzo. 124,5 x 95,5 cm
Donación de Concepción Trigo Pérez, 2018

El aire poético se respira en los retratos femeninos del pintor Rico Cejudo, como en este de Conchita, que aparece elegantemente ataviada con mantilla blanca para ir a los toros, costumbre propia de la Feria sevillana. El artista sitúa la figura de la mujer en un interior, sentada en un sofá de color rojo. La retratada despliega sus brazos abarcando la escena de formato apaisado, colocando uno en jarra, apoyada la mano en su cintura, mientras descansa la otra, con un abanico cerrado, en el extremo del sillón.

Los detalles de la indumentaria y las joyas están descritos con minuciosidad. Rico Cejudo demuestra su destreza pictórica en la traslucidez de la gasa de la mantilla blanca, que deja entrever las mangas de un vestido negro, y en la blonda de encaje, remetida por el escote a la moda de la época. Las notas de color las ponen los claveles rojos que adornan el pecho y el cabello de la modelo, visibles estos también bajo las transparencias de la mantilla, así como la cascada de flores y hojas bordadas del mantón de Manila de color marfil que reposa sobre sus piernas.

Conchita, trabajadora al servicio de la Casa de Dueñas, era modelo habitual de Rico Cejudo, y, a la vista de la dedicatoria original del cuadro, devuelta a la luz en la reciente restauración de la obra, su amiga personal.  Todo en este lienzo, es un compendio del modo pictórico de Rico Cejudo, que tiene como indiscutible musa a la mujer castiza sevillana.

 

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