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Camino del Rocío

Las fiestas en Sevilla estaban marcadas y estipuladas por el calendario litúrgico, aunque a partir del siglo XIX comenzaron a desligarse de él. Muestra de ello fue la Feria de Abril, pero pronto le sucederían una serie de festividades que, si bien tienen una raíz religiosa, sobresalen por la exaltación de las costumbres recreativas. Así, destacaron las romerías, como la del Rocío, donde tenía un importante papel el simbólico reencuentro de la ciudad con el campo y la naturaleza. La visión de las carretas en su marcha hacia Almonte, con momentos tan reseñables como el paso de hermandades por el Vado del Quema, y el compás de los cantes de las romeras, fue un recurso muy empleado por pintores del momento, aunque el Museo únicamente guarde dos obras relativas a este popular asunto.

La primera de estas imágenes, donada por Francisco Luque Cabrera en 2016, es el Regreso de la Hermandad del Rocío de Triana, que fue publicada en La ilustración Española y Americana de Madrid el 30 de mayo de 1885. Toma como base un dibujo de Juan Comba y García (Jerez de la Frontera, Cádiz, 1852 - Madrid, 1924), pintor e ilustrador formado con Eduardo Rosales, que destacó como cronista gráfico en muchas de las revistas decimonónicas del momento. El dibujo parte de una fotografía original de Emilio Beauchy Cano (Sevilla, 1847 - 1928), figura esencial del fotoperiodismo sevillano de finales del siglo XIX, cuyo objetivo captó algunas de las imágenes más icónicas de la ciudad y acontecimientos relevantes que sucedieron en la época. 

La composición se muestra en perspectiva oblicua para permitirnos tener una visión lo  más amplia posible de la comitiva. Vemos en primer plano una parte del cortejo, formada por un grupo de caballistas portando las insignias de la hermandad, que adelanta al simpecado. En el agreste paisaje, a pie, se disponen el resto de romeros, que junto con las carretas, componen esta decimonónica estampa rociera perfectamente reconocible hoy en día, más de un siglo después, en que el camino se desarrolla de un modo muy similar.   

A diferencia del valor documental de la imagen anterior, la obra titulada  La romería del Rocío, una de las mejores obras del pintor Miguel Hernández Nájera  (Madrid, 1864 - 1936), destaca por sus cualidades plásticas. Cargada de color, presenta el recorrido de una hermandad bajo la cálida noche sevillana, con las alegres mujeres sentadas en las carretas, elegantemente ataviadas con trajes de volantes y mantones y flores prendidas al pelo. La esmerada decoración de estas carretas, que potencian el acervo cultural y devocional, al acompañar al simpecado aportando gran colorido, fueron un elemento fundamental desde sus orígenes por ser el medio habitual de desplazamiento a la aldea marismeña, así como el lugar para el avituallamiento y descanso de los romeros. Cubiertas con toldos de lona a modo de bóvedas de cañón, se decoran con encajes, exornos florales y frutales. Cada hermandad les aporta su toque personal como elementos de identificación y distinción, sin olvidar  los característicos frontiles que llevan los bueyes sobre sus cabezas.

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