Las Colecciones

Obras Singulares

Sarcófago antropoide femenino

Mármol blanco.
Longitud, 2,14 m.; anchura, 0,86 m.; altura, 0,42 m.
470 a.C.
Procedencia
c/ Ruiz de Alda, Cádiz.
Comentarios

Sarcófago compuesto por dos piezas, caja y tapa, ahuecadas interiormente con forma de silueta humana. Sobre la tapadera están labrados en relieve los rasgos de una mujer: pies, brazos, senos, cuello, rostro y peinado. La mano derecha está extendida y la izquierda sostiene un alabastrón con tapadera. Por su técnica y estilo corresponde a la serie de sarcófagos antropoides sidonios. En su interior se encontró un ajuar funerario formado por dos pares de pestañas de bronce, cinco amuletos colgantes en forma de ureus, un escarabeo y cuatro clavos de bronce.

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Escultura de Trajano

Mármol blanco.
Altura, total 2,675 m.; altura de la cabeza, 0,66 m.
Años 98-117 d.C.
Procedencia
Baelo Claudia.
Comentarios

Escultura recuperada en las excavaciones llevadas a cabo en la zona de la basílica de Baelo Claudia. La cabeza apareció separada del cuerpo, situada a sus pies. Ambas piezas estaban en buen estado de conservación, faltando los antebrazos, y con algunos desperfectos en los pies y la nariz. Ocupaba un lugar destacado en el intercolumnio central de la basílica, justo delante de la tribuna de los magistrados, presidiendo los actos públicos que se celebraban en el citado edificio. El cuerpo y la cabeza tienen distintos orígenes y cronología, aunque en su momento formaron una única estatua. El cuerpo, que  representa a un togado, con los pliegues poco trabajados y apoyado en una cornucopia, es posible que sea obra de un escultor local. La cabeza está realizada en mármol de Carrara y podría ser obra de algún taller oficial de la misma Roma. Se elaboró reutilizando una cabeza de Domiciano, y sigue los rasgos típicos del retrato oficial creado con motivo del ascenso al poder de Trajano en el año 98 d.C.. 

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Apoteosis de San Bruno

Francisco de Zurbarán.
Óleo sobre lienzo.
341 x 195 cm.
1637-1639.
Procedencia
Cartuja de Jerez.
Comentarios

Éste es el único de los grandes óleos del retablo de la Cartuja de Jerez que conservamos en España, pues el conjunto fue desmembrado en el siglo XIX. En un principio se pensó, a la vista de un comentario de Ponz, que este San Bruno se localizaba en la sacristía de la Cartuja. Sin embargo, las dimensiones, su forma de medio punto y alguna descripción del retablo mayor hacen  más probable la hipótesis de que este lienzo ocupara el centro del segundo cuerpo del altar mayor. El gesto que expresa San Bruno es corriente en los santos en éxtasis de Zurbarán. Aparece el santo de pie, sorprendido por una luz sobrenatural. Lleva el crucifijo en la mano derecha y alza los ojos hacia la visión celestial. La mitra y el báculo en el suelo indican su rechazo a la dignidad episcopal. El fondo es de arquitectura y paisaje.

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Ángel turiferario

Francisco de Zurbarán.
Óleo sobre tabla.
122 x 66 cm.
1637-1639.
Procedencia
Cartuja de Jerez.
Comentarios

Los dos ángeles turiferarios que se conservan en el Museo de Cádiz estuvieron posiblemente situados en el pasillo del sagrario de la Cartuja de Jerez, donde se localizaban los santos cartujos. Zurbarán asocia los colores sin temor a contrastes atrevidos, utilizando tonos intensos. La figura del ángel está cargada de solemnidad y elegancia. Es admirable no sólo el uso del fuerte color de la túnica que contrasta maravillosamente con el corpiño sino el cuidado del dibujo y el tratamiento de los pliegues. Se trata, sin duda, de una obra maestra.

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Vaso pintado a la almagra

Cerámica hecha a mano y pintada con almagra.
Altura, 11,5 cm. Diámetro máximo, 15,5 cm.
Neolítico (hacia 3500 a.C.).
Procedencia
Sima del Lentisco, Benaocaz, Cádiz.
Comentarios
Este tipo de piezas son características de un momento avanzado del Neolítico, cuando se desarrollan nuevas técnicas decorativas que sustituyen a la cerámica cardial, un producto típico del área mediterránea peninsular y llamado así por su decoración mediante impresiones de la concha "cardium". Este vaso de Benaocaz se caracteriza por su superficie lisa y su decoración pintada a la almagra, mineral con un alto contenido en óxido de hierro que le proporciona su característico color rojizo. El hallazgo de esta pieza intacta, junto a otras similares en el interior de diversas cavidades de la Sierra de Cádiz, nos indica un depósito intencionado, posiblemente vinculado con algún enterramiento. La costumbre de efectuar sepelios en cuevas es muy habitual en el Neolítico.

Ídolo cilíndrico de mármol

Cilindro de mármol con pulido tosco y decoración realizada mediante incisión.
Altura, 13,5 cm; diámetro de la base, 4,2 cm.
Edad del Cobre (hacia 2500 a.C.).
Procedencia
Camino del Cortijo de la Fuente, Sanlúcar de Barrameda, Cádiz.
Comentarios
Dentro de la variedad de ídolos existentes durante la Edad del Cobre, los denominados "ídolos cilíndricos" constituyen uno de los tipos más característicos. Su forma simple y su decoración quieren reproducir una figura humana muy estilizada, siendo los ojos y el cabello lo más sobresaliente. En esta pieza del Museo de Cádiz aparecen las pupilas, las pestañas y las cejas, mientras que el pelo se representa mediante dos trazos simples. Este tipo de ídolos se asocia a enterramientos colectivos en dólmenes, por lo que se interpreta como una divinidad funeraria. Los ídolos cilíndricos se concentran, por el momento, en Andalucía Occidental, siendo numerosos los hallazgos en el entorno de las marismas del Guadalquivir, Aljarafe y Campiña sevillana.

Prisma de cristal de cuarzo

Prisma de cristal de cuarzo, transparante y ligeramente ahumado, que presenta sección hexagonal. Es un producto natural, formado por cristalización de rocas ígneas, concretamente pegmatitas.
Longitud: 20 cm. Grosor medio: 6,5 cm.
Neolítico (tránsito del V al IV milenio a.C.).
Procedencia
Dolmen de Alberite, Villamartín, Cádiz.
Comentarios
Se trata de una de las piezas prehistóricas de mayor interés de la provincia de Cádiz. La rareza del material, procedente de un área distante (posiblemente el Sistema Central), y su depósito en un enterramiento megalítico, permiten realizar una serie de consideraciones. Tiene una finalidad claramente de prestigio y, sin duda, vinculada a una mentalidad mágica, que atribuía ciertos poderes a los materiales raros como éste. Es pieza al alcance de pocas comunidades, por lo que su depósito en el interior del dólmen de Alberite indica la especial veneración de que era objeto.  Esta pieza presenta una serie de problemas de datación, conectados con la cronología asignada al dolmen de Alberite por sus excavadores, J. Ramos Muñoz y F. Giles Pacheco. Estos investigadores han señalado para este sepulcro megalítico una cronología neolítica, que contrasta con la fecha tradicional para este tipo de construcciones, fijada en la Edad del Cobre (III milenio a.C.). No obstante, últimamente se viene apuntando hacia una datación más antigua que la habitualmente admitida para las construcciones megalíticas de la fachada atlántica de la Península Ibérica.

Jarro askoide sardo

Cerámica hecha a mano y decorada con punzón.
Altura, 16 cm.
Época fenicia arcaica (siglos IX-VIII a.C.).
Procedencia
Calle Cánovas del Castillo, nº. 38, Cádiz.
Comentarios
Este jarro es una pieza única en la Península Ibérica. Su origen hay que buscarlo en la cultura nurághica de la isla de Cerdeña, concretamente en el periodo de la Edad del Hierro I. Su presencia en Cádiz se explica por el comercio fenicio, dados los importantes asentamientos coloniales en la costa surocciodental de dicha isla (Tharros, Sulcis, Bithia y Nora) y sus importantes relaciones con los indígenas. Al mismo tiempo, este jarro de la calle Cánovas del Castillo, asociado a otros materiales arqueológicos, viene a confirmar plenamente la existencia de un asentamiento fenicio en Cádiz, donde hasta ahora escaseaban los testimonios materiales de una ocupación colonial como lugar de hábitat, en contraste con la abundancia de elementos funerarios. Igualmente, la fecha del jarro y los materiales que lo acompañaban indican que los fenicios se asentaron en la misma Cádiz en los momentos finales del siglo IX a.C., algo antes que en otros lugares de la costa andaluza  bien conocidos por la arqueología (Castillo de Doña Blanca y Morro de Mezquitilla).

Jarro fenicio de boca de seta

Cerámica a torno y recubierta de engobe rojo.
Altura, 22 cm.
Época fenicia arcaica (siglo VIII a.C.).
Procedencia
Poblado del Castillo de Doña Blanca, Puerto de Santa María, Cádiz.
Comentarios
El jarro de boca de seta constituye uno de los recipientes más característicos de la cerámica fenicia. Recibe su nombre por la forma plana y ensanchada que adopta el borde. Son vasos bien conocidos en la costa libanesa, su área de origen, y en otros lugares donde existió presencia fenicia. En las costas andaluzas siempre están cubiertos totalmente de engobe rojo, mientras que en otras zonas sólo lo presentan en parte o carecen de él. Por lo general, el jarro de boca de seta tiene una función funeraria, utilizándose para guardar los perfumes y aceites que se utilizaban en los enterramientos, como vemos en las tumbas de Trayamar (Málaga) y Almuñécar (Granada). Sin embargo, este ejemplar del Castillo de Doña Blanca apareció en una zona de viviendas, indicando que era un objeto usado también en la vida cotidiana, además de un recipiente comercializado por los fenicios con destino a sus clientes tartéssicos.

Ánfora de almacenaje y transporte

Cerámica a torno.
Altura, 49 cm.
Época fenicia arcaica (siglo VIII a.C.).
Procedencia
Poblado del Castillo de Doña Blanca, Puerto de Santa María, Cádiz.
Comentarios
Los fenicios, como pueblo marinero y comerciante, necesitaban unos recipientes adecuados para el transporte y almacenaje en largos desplazamientos por mar y tierra, así como para la conservación de productos, como aceite, vino, trigo y salazones. Este tipo de ánforas, que los arqueólogos conocen como R-1, entre otras denominaciones, fueron las más extendidas entre los fenicios del Extremo Occidente desde el siglo VIII al VI a.C. Su característico cuerpo ovoide de gran capacidad, su fondo parabólico apto para superficies irregulares y sus asas pequeñas pero fuertes, son las razones de su éxito. Su amplia distribución en toda Andalucía, Extremadura, la costa del Levante peninsular hasta Cataluña y el norte de África son testigos de la intensidad que tuvo el comercio fenicio en estas zonas, siendo la bahía gaditana uno de sus núcleos principales.
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