Las Colecciones

Propuestas de recorrido

Atrás

Propuestas de recorrido

El recorrido completo del museo ocupa trece salas que se pueden visitar de manera sucesiva para contemplar la colección en orden cronológico. Se sugieren a continuación una serie de recorridos parciales como alternativos a la visita completa.

 

Lo que no te puedes perder

1.-San Jerónimo penitente de Pietro Torrigiano (sala 2). Ver

2.-Retrato de su hijo Jorge Manuel de El Greco (sala 2). Ver

3.-Retrato de Cristóbal Suárez de Ribera de Diego Velázquez (sala 4). Ver

4.-La apoteosis de santo Tomás de Aquino de Francisco de Zurbarán (sala 5). Ver

5.-El conjunto para el convento de Capuchinos. En el lugar más emblemático del museo se encuentra el conjunto que Bartolomé Esteban Murillo pintó para iglesia del Convento de los Capuchinos de Sevilla. Estaba formado por las obras del retablo mayor y los altares de las capillas laterales, realizadas entre 1665-1668, años de plenitud artística del pintor. Santa Justa y RufinaSan José con el NiñoSan Juan BautistaSan Félix de Cantalicio con la Virgen y el NiñoSan Leandro y san Buenaventura San Antonio de Padua con el Niño son algunas de las obras que formaban el retablo mayor.  PiedadSan Francisco abrazado a CristoSanto Tomás de Villanueva dando limosna a los pobres, la Inmaculada del Padre Eterno o La adoración de los pastores formaban parte de las capillas laterales. La Virgen de la Servilleta se encontraba en el refectorio y la Inmaculada Niña en el coro bajo (sala 5). 

7.-Las tentaciones de san Jerónimo de Juan Valdés Leal (sala 8). Ver

6.-San Hugo en el refectorio de Francisco de Zurbarán (sala 10). Ver

8.-La muerte del maestro de José Villegas (sala 12). Ver

9.-Las cigarreras de Gonzalo Bilbao (sala 12). Ver

10.-Sevilla en fiestas de Gustavo Bacarisas (sala 13). Ver

 

El edificio y la decoración cerámica

Junto a la colección, el edificio del antiguo Convento de la Merced Calzada, sede actual del museo, es el otro punto de interés en la visita. Se articula en torno a tres patios, como es característico en la arquitectura conventual. El primero es el Patio del Aljibe, de planta trapezoidal y el más sencillo arquitectónicamente, como corresponde a su destino primero que era albergar las oficinas y otras dependencias de la vida doméstica de los monjes. Desde él se accede, por la izquierda, al Patio de los Bojes y por la derecha al Claustro Mayor, adosado a un lateral de la iglesia y que sobresale por sus dimensiones así como por la esbeltez de las columnas pareadas sobre amplio plinto en su cuerpo bajo. Entre ellos, articulando el edificio, se encuentra la gran escalera, proyectada con un doble arranque en sus dos tramos y alojada en un amplio espacio cúbico coronado por una cúpula sobre trompas. Estaba ricamente decorada con un programa iconográfico mariano, hoy prácticamente desaparecido. Destacamos, por último, la iglesia, de grandes proporciones y ejemplo de sobriedad arquitectónica. Tiene planta de cruz latina formada por una nave y un amplio crucero. De su antiguo esplendor solo se conserva la decoración pictórica de las bóvedas, cúpula, entablamentos y pilastras, realizada en el siglo XVIII por Domingo Martínez.

Nada más acceder al vestíbulo del museo, lo primero que llama la atención son los paneles cerámicos de los muros, procedentes de las fachadas-retablo de los conventos sevillanos desamortizados. Esta decoración se extiende por los tres patios, ofreciendo un variado repertorio que va desde el alicatado de tradición hispano-musulmana o la mayólica con motivos renacentistas, hasta los paneles barrocos con escenas religiosas. Destacan algunas obras significativas como el arco de Hernando de Valladares, que enmarca la puerta de paso del vestíbulo al Patio del Aljibe; el frontal de altar dedicado a las santas Justa y Rufina, del mismo autor, situado en el Patio de los Bojes o el conjunto de la fachada del Convento del Pópulo que decora el vestíbulo. La Virgen del Rosario, de Cristóbal de Augusta, en el Patio del Aljibe, tiene gran interés por estar fechada y por su iconografía. Representa a la Virgen acogiendo bajo su manto a varios religiosos, tema que se repite en la Virgen de las Cuevas, obra de Zurbarán que se expone en la sala 10.

De Niculoso Pisano, el introductor en Sevilla de la técnica del azulejo polícromo y el repertorio decorativo renacentista, es la Virgen con Niño expuesta en la sala II, obra de gran calidad en el colorido y en el dibujo.

 

Del arte medieval al primer Naturalismo

En el recorrido de las primeras cuatro salas del museo asistimos al nacimiento del arte sevillano tras la conquista de la ciudad a los musulmanes por el rey Fernando III el Santo, desde la introducción de la cultura medieval cristiana hasta el momento anterior a la llegada del barroco.

Las pinturas de la sala I presentan características comunes como el sentido decorativo, el gusto por el detalle, el uso del dorado en los fondos, las figuras ensimismadas y amables o la falta de perspectiva. La construcción de la catedral favorece el nacimiento de una escuela local que en escultura está representada por Lorenzo Mercadante y su discípulo Pedro Millán, que crearon sus obras en barro siguiendo la tradición local.

Ya en el siglo XVI, el comercio con América supone el florecimiento económico, social y cultural de Sevilla. Esto va a permitir el patrocinio de importantes actividades artísticas y la llegada de artistas extranjeros, fundamentalmente flamencos e italianos. El Renacimiento es introducido en la pintura por el artista Alejo Fernández que crea una escuela en la que se forman la mayoría de los artistas locales. En escultura la novedad llega con el italiano Pietro Torrigiano, referente para la imaginería sevillana posterior con obras como el magnífico San Jerónimo. La sala II muestra también obras importadas de varios artistas flamencos como Martín de Vos o Frans Francken y dos obras maestras de El Greco y del alemán Lucas Cranach

En la sala III se presenta la pintura de las últimas décadas del siglo XVI en la que destacan Luis de Vargas, formado en Italia, y Alonso Vázquez, pintor que revitaliza el panorama sevillano. Muy importante es el papel de Francisco Pacheco,  más como pintor  teórico y por su taller,  en el que se formaron Herrera el ViejoVelázquez y Alonso Cano. Vemos también cuatro obras de la serie de cuadros pintados  por Pacheco y Vázquez para este edificio cuando era Convento de la Merced Calzada. Narran la historia de la orden mercedaria y de sus principales miembros, el fundador san Pedro Nolasco y san Ramón Nonato

A comienzos del siglo XVII aparece en la pintura sevillana una tendencia naturalista que terminará imponiéndose. De este modo, en la sala IV se muestran obras que evidencian lo anterior. Así, encontramos obras de artistas fundamentales como Roelas, pintor que introdujo el sentimiento y la observación del natural. Se ve en su Santa Ana enseñando a leer a la Virgen, obra de colorido más natural, formas menos perfiladas y luminosidad contrastada. Supone un acercamiento a lo inmediato y lo anecdótico como puede verse en el detalle de los objetos inanimados. También destaca en la sala la obra temprana de los discípulos de Pacheco: su yerno Velázquez y Alonso Cano, quienes pronto superarán al maestro.

Respecto a la escultura, se presenta el tema iconográfico del Niño Jesús exento que tanta fortuna tuvo desde el modelo que creara Martínez Montañés. 

Salas 1 a 4

 

Los maestros del Barroco

El núcleo esencial de la colección que atesora el museo está constituído por los grandes maestros de la pintura sevillana del siglo XVII.  La observación directa de la naturaleza que cultivan algunos pintores como Roelas, en las primeras décadas del siglo, y que podemos contemplar en la sala IV, inicia una nueva época que será la mas destacada de la pintura sevillana de todos los tiempos.

En la sala V, ubicada en la antigua iglesia del convento, se exponen las obras de los artistas más importantes del momento.  Desde sus pies, en donde se muestra el retablo mayor del Convento de Montesión realizado por el maestro de Murillo, Juan del Castillo, hasta la cabecera, lugar privilegiado donde se exhibe la obra de su discípulo, discurre la nave de la iglesia, que sirve de tránsito entre este primer Naturalismo y el Barroco pleno a través de los grandes lienzos de altar de los más importantes autores: Vázquez, Uceda, Roelas, Zurbarán y Herrera, el Viejo. Se trata de monumentales composiciones, divididas en dos, y hasta en tres registros, que loan a los más importantes santos de las distintas órdenes religiosas. 

De Murillo se puede contemplar, posiblemente, su mejor conjunto pictórico, realizado para el retablo mayor y las capillas laterales de la iglesia del Convento de Capuchinos de Sevilla, colocado aquí siguiendo la disposición que tenía en origen. Se trata de una obra realizada en su madurez artística y técnica, lo que se trasluce en complejos juegos de luces y vaporosas pinceladas de prodigiosa soltura.  La monumental Inmaculada Colosal, única obra que no pertenece al conjunto, y que, hasta hace unos años centraba y remataba la cabecera de la iglesia, actualmente puede contemplarse desde un punto de vista más bajo, al ser sustituida su tradicional ubicación por la obra original que remataba el retablo de los Capuchinos. Así pues, con el depósito temporal de El Jubileo de la Porciúncula, obra del Museo Wallraf-Richartz de Coloniase completa este retablo, quedando configurado tal y como fue concebido por el artista.

La obra de Zurbarán, la personalidad artística dominante en el segundo tercio de siglo, si bien anterior cronológicamente a Murillo, se encuentra en la sala X. El museo atesora espléndidos testimonios de varios de sus ciclos monásticos. En el del Convento de San Pablo vemos su maestría en el tratamiento de las figuras aisladas, de gran potencia expresiva y sorprendente carácter descriptivo en sus ropajes. En los lienzos realizados para la Cartuja de Santa María de las Cuevas interpreta, con gran fuerza plástica, los principios espirituales de la orden cartuja: el silencio, la devoción a la Virgen María y la mortificación por el ayuno.  

La obra del tercer gran artista del barroco sevillano, Juan de Valdés Leal, se exhibe en la sala VIII. Un estilo directo y enérgico, de técnica suelta y dinámicas  composiciones llenas de vitalidad evidencian una personalidad propia y muy definida en la pintura sevillana, si bien se trata de un autor muy desigual, de más calidad en la serie de san Jerónimo por comparación con la de san Ignacio de Loyola, que realizó probablemente por un precio menor y con ayuda de sus colaboradores. 

Salas 4, 5, 8 y 10

 

El siglo XIX

El arte del siglo XIX supone un cambio radical respecto al de siglos anteriores ya que los asuntos de temática religiosas pierden su preminencia mientras que otros géneros como la pintura de historia, el retrato, el paisaje o la temática costumbrista se consolidan. 

El retrato se cultiva con profusión desde el Romanticismo. La sociedad española sufre una transformación económica que posibilita la pujanza de la clase social burguesa que aspira a perpetuarse por medio del retrato y buen ejemplo de ellos son el Retrato del señor Bojons o el Retrato del niño Carlos Pomar de Margrandambos de Antonio María Esquivel, el mejor retratista de su época. Pero si hay que destacar un retrato romántico por excelencia es el que Valeriano Bécquer realiza a su hermano el poeta Gustavo Adolfo, magistral obra realizada de manera más espontánea, menos encorsetada. Más avanzado el siglo, se exponen el Retrato de Irene realizado por su padre, el pintor José Jiménez Aranda, y algunos de los que José Villegas Cordero realizó a lo largo de toda su vida de su mujer Lucia Monti, así como el que realizase del escultor Ercole Monti.

El paisaje adquiere carta de naturaleza como género independiente en esta época. Manuel Barrón es el máximo exponente del paisaje romántico andaluz. La serranía de Ronda le servirá de localización para sus escenas de contrabandistas y pintorescas figuritas de bandoleros y gitanas que deambulaban por esos parajes como se ve en La Cueva del Gato. Más avanzado el siglo, se puede apreciar la evolución de este género a través de tres obras plenamente realistas:  Vista de la Catedral de Sevilla desde el Guadalquivir de Jiménez Alpériz, Triana, de Sánchez Perrier o Vista de Sevilla de Manuel García Rodríguez, cuyos autores participaron en la Escuela de Alcalá que agrupó a los pintores que, a finales de siglo, se acercaron a las riberas del río Guadaíra para pintar directamente de la naturaleza.  

Otros géneros, como la pintura de historia o el orientalismo, están también representados con las obras Los Reyes Católicos recibiendo a los cautivos cristianos tras la conquista de Málaga, de Eduardo Cano o Emboscada Mora de Fernando Tirado aunque, sin duda, el costumbrismo es el que más importancia tuvo en la pintura sevillana ya que se prolongó hasta bien entrado el siglo XX. Surge en la época romántica, de la que el museo exhibe Baile en una caseta de feria de Manuel Cabral Bejarano, Pareja de majos de José Gutiérrez de la Vega  y Baile en una taberna de Manuel Rodríguez de Guzmán. En la segunda mitad de siglo es José García Ramos el artista que mejor supo captar el temperamento de tipos populares y escenas de la vida cotidiana, reflejada en obras como Pareja de baileHasta verte Cristo míoMalvaloca o El niño del violín

Salas 12 y 13

 

Obra escultórica

La escultura, si bien no alcanza en número de obras a la pintura, posee piezas de una calidad excepcional que nos permiten hacer un recorrido por esta técnica artística en el arte sevillano desde finales del siglo XV a comienzos del XX.

Las primeras obras escultóricas que se exponen en la sala I corresponden a Mercadante de Bretaña, artista que llegó a Sevilla a mediados del siglo XV para trabajar en las obras de la catedral, y a su discípulo y colaborador el sevillano Pedro Millán, algunas de cuyas piezas como Llanto sobre Cristo muertoCristo Varón de Dolores, están firmadas, algo inusual en la época. Se trata de esculturas en barro cocido y policromado, siguiendo una tradición local que tendrá continuación en la obra plenamente renacentista de Pietro Torrigiano. De la mano de éste último son la Virgen de Belén y el impresionante San Jerónimo penitente que, modelado a tamaño natural, es una figura plenamente realista que atrae por su cuidado estudio anatómico. Realizada en barro cocido es también la Cabeza de san Juan Bautista de Gaspar Núñez Delgado, obra naturalista de acusado patetismo. 

El San Jerónimo penitente de Torrigiano sirvió de modelo para el Santo Domingo penitente que Juan Martínez Montañés, el escultor más importante del Barroco sevillano, talló en madera. De su discípulo, Juan de Mesa, puede destacarse el conjunto realizado para la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla, expuesto en la sala X. Suyo es el San Bruno, cuya cabeza es una talla realista de primer orden. Juan de Mesa realizó la Virgen de las Cuevas, el San Juan Bautista y  las cuatro Virtudes Cardinales. La escultura barroca se completa con dos obras del granadino Pedro de Mena: la Dolorosa, tipo iconográfico que él mismo crea y repite en sucesivas ocasiones, y San Juan Bautista Niño . Por otro lado, resulta igualmente interesante la Inmaculadaatribuida a Duque Cornejo. 

A comienzos del siglo XX, Joaquín Bilbao da muestras de su dominio técnico con Desnudo femenino y Gitana, obra llena de gracia y movimiento que entronca con el costumbrismo de la pintura del momento.

Además de las obras exentas, la retablística también está  presente en la exposición permanente aunque con obras más modestas como el Retablo de la Redención de Juan Giralte, realizado en madera sin policromar y el Retablo del Bautismo de Miguel Adán, ambos del siglo XVI.

Salas 1, 2, 3, 4, 8, 10 y 13

 

El paisaje

Aunque el paisaje se consolida como género pictórico independiente en el siglo XIX, empezamos este recorrido en el siglo XV, cuando comienzan a aparecer fondos de naturaleza en la pintura sevillana, como un pretexto para la ubicación de las figuras, siempre al servicio de la temática religiosa. De esta época es el Tríptico del Calvario del círculo de Juan Sánchez San Román, en el que el fondo de paisaje está minuciosamente pintado, en pendiente, para intentar crear un profundo efecto de perspectiva escalonando los sucesivos planos que culminan en el cielo (sala I).

 

Del siglo XVI se conserva en la colección una interesante muestra de pinturas sevillanas y de artistas de Flandes con fondos naturales. Alejo Fernández, en su Anunciación, va miniaturizando los elementos proporcionalmente a su lejanía del primer plano para conseguir de ese modo la perspectiva. Otras tablas que muestran interesantes paisajes son el Calvario de Isembrand, en el que la ciudad de Jerusalén, más que servir de telón de fondo para las figuras, impone su presencia adquiriendo tanto protagonismo como estas o la Coronación de la Virgen de Aertsen con su paisaje de ruinas clásicas. Aunque sin duda, ninguna le concede tanta importancia como la Virgen del Reposo en la que el dilatado fondo natural se adereza con pequeños personajes que realizan tareas cotidianas. La Virgen de la sopa, en cambio, aprovecha una ventana para abrir la composición al exterior, a un paisaje típicamente holandés de casas, huertas y campos (sala 2). Este recurso será muy utilizado posteriormente, como en el fondo marino de San Pedro Nolasco despidiéndose de Jaime I el conquistador de Vázquez (sala 3) o en el Retrato de Cristóbal Suárez de Ribera de Velázquez. En este último, el paisaje está cargado de simbolismo ya que se ven unos cipreses, probablemente por haberse encargado la obra una vez fallecido el retratado (sala 4).

 

En el siglo XVII siguen siendo los artistas flamencos los que prestan una atención especial a esta temática. Así sucede en las dos obras que representan el Paraíso Terrenal, atribuidas a Jan Brueghel el Joven, en las que capta con gran precisión y detalle texturas vegetales. En Paseo a orillas del río la escena se reduce a mera anécdota ante el protagonismo del paisaje (sala 9). En la pintura sevillana se aprecia una evolución, desde el tratamiento que recibe en la Aparición de la Virgen a San Ramón Nonato de Pacheco (sala 3), en la que los convencionalismos en la ejecución de la vegetación y las montañas ponen de manifiesto las limitaciones técnicas del pintor, hasta el tratamiento que Francisco de Zurbarán le otorga. En el Beato Enrique Susón o en San Luis Beltrán (Sala 10), en los fondos que narran escenas de la vida de los santos, la naturaleza adquiere mayor veracidad, con colores que van perdiendo definición a medida que se alejan los sucesivos planos. Murillo fue un diestro pintor de paisajes lo que puede verse en obras como San Francisco abrazado a Cristo o la Estigmatización de san Francisco (salas 5 y 7). Lo mismo sucede con Valdés Leal en Las tentaciones de San Jerónimo o en los pasajes de la vida san ignacio Loyola (sala 8). Destacamos también al pintor sevillano Francisco Antolínez, que en Jacob con el rebaño de Labán utiliza la naturaleza más que como una escusa para el desarrollo de la escena, como elemento principal (sala 6). Por último, mencionamos al francés Caullery, que en su Vista de Sevilla nos ofrece una amplia panorámica en perspectiva caballera de una ciudad idealizada, en la que agranda las proporciones de los momentos más importantes. Para su realización se basó en grabados ya que no visitó la ciudad (sala 9).

Durante el siglo XIX, el paisaje alcanza la categoría de género pictórico. Su relevancia fue aumentanto a partir del Romanticismo, momento en que no deja de ser un ejercicio académico que el artista crea en su estudio, tratando la naturaleza de modo ideal, como sucede con Manuel Barrón en su Cueva del Gato. A medida que avanza el siglo, la nueva pintura realista enfrenta de manera definitiva a los autores con la naturaleza, no solo con la idea de como debería ser. Los pintores salen al exterior a plasmar lo que contemplan para reproducir bidimensionalmente la infinita gama de colores, luces, matices y cambios que la naturaleza pone antes sus ojos. A este respecto, en Sevilla resulta fundamental la llamada Escuela de Alcalá de Guadaíra fundada por Emilio Sánchez Perrier, del que se expone la obra Triana que retrata al Guadalquivir a su paso por la ciudad, al igual que sucede en la otra vista urbana, Vista de la catedral de Sevilla desde el Guadalquivir, de Nicolás Alpériz (sala 12).

El paisaje realista evoluciona a medida que se libera de la obligación de ser descriptivo. Así lo entienden, ya en el siglo XX, Gonzalo Bilbao en su Marina (Costa cantábrica) o Winthuysen en su Pinar de Oromana, al captar una impresión efímera a través del color (sala 13).

Salas 1, 2. 3, 4, 5, 7, 8, 9, 10, 12, 13