Las Colecciones

Obras Singulares

Virgen con el Niño

Francisco Niculoso Pisano (hacia 1480 - hacia 1529)
Azulejo polícromo
17,5 cm x 16,5 cm
Hacia 1520-1529

Comentarios

La Virgen, de medio cuerpo, brota de una flor con el niño en sus brazos. Ambos están rodeados por dos ramas de hojas y flores que terminan en racimos de bayas siguiendo la metáfora que contempla a María y a su hijo como las flores más selectas del género humano.

El pequeño formato de esta obra no es obstáculo para que se trate de una obra de excepcional calidad, plena de naturalidad y humanidad, con un colorido escaso en variedad pero de vistoso efecto cromático, que evidencia el alto dominio técnico de su autor. Está dibujado en color azul muy oscuro con una línea fina. Se trata casi de un dibujo coloreado más que  de una pintura. La luz proviene de la parte superior izquierda quedando más o menos sombreadas las zonas opuestas, lo que dota a la composición de una volumetría muy verosímil. El azul, oscuro o diluido en celestes más claros, lo utiliza para la línea del dibujo y para proyectar las sombras.

Francisco Niculoso, el Pisano, fue el primer artista que fuera de su Italia natal aplica la pintura cerámica polícroma a los azulejos planos y que al establecerse en Sevilla antes de 1498, convierte esta ciudad en foco de la vanguardia cerámica de Europa.

 

Inmaculada

Anónimo
Cerámica
240 x 160 cm.
1680-1700
Procedencia

Procedente del Convento de San José (Mercedarias Descalzas)

Desamortización , 1868

Comentarios

Panel cerámico con la representación de la Inmaculada Concepción acompañada de monjas de la orden mercedaria. Ejempo del auge que la tradición cerámica alcanza en Sevilla en el siglo XVII, impulsada además por la vitalidad de la pintura.
El destino de este tipo de paneles cerámicos, concebidos como auténticos cuadros aislados, era el exterior de los edificios.

Se trata de una copia de la pintura Inmaculada Concepción de Aranjuez, obra de Murillo, a la que el artista ha añadido dos monjas de la orden.

La Virgen de las Cuevas

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
267 x 320 cm.
Hacia 1655
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

Para la sacristía de la cartuja de Sevilla pintó Zurbarán tres obras que aluden a los principios espirituales de la orden: el silencio, en La visita de San Bruno a Urbano II, la mortificación por el ayuno en San Hugo en el Refectorio y la devoción a María, recogida en esta obra. 

Representa una iconografía de origen medieval en la que los frailes aparecen recibiendo protección de la Virgen, acogidos bajo su manto en dos grupos arrodillados a cada lado. La obra, de gran simplicidad compositiva, con las figuras estáticas dispuestas simétricamente, tiene gran  fuerza plástica al individualizar  los rostros de los frailes que constituyen una auténtica galería de retratos. La Virgen bendice de modo especial a los dos primeros monjes que podrían ser  Dominique Hélion y Jean de Rhodes por su papel en la difusión del rosario, simbolizado por las rosas esparcidas en el suelo. Asimismo se aprecia el gran dominio de Zurbarán al tratar las distintas calidades de la materia como se ve en los hábitos de los monjes  y su extraordinario sentido del color. Los matices rosas de la túnica y del azul del manto  contrastan con el blanco de las vestiduras de los cartujos y con la oscuridad de la parte interior del manto.

La Prudencia

Juan de Mesa, atribuido (Córdoba, 1538 - Sevilla, 1627)
Madera tallada y policromada
Altura 80 cm
1618
Procedencia
Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

La virtud de la prudencia está concebida por el autor como una joven recostada, que apoya su cuerpo con el brazo derecho mientras que con la mano izquierda sostiene cuidadosamente una paloma.

Su exquisita cabeza, de dulce expresión y delicado adorno, el gesto amable hacia la paloma y la representación de su poca edad, hace que pueda considerarse como una plasmación ideal de la juventud.

Por su suave modelado puede ser considerada una de las más hermosas de la serie de cuatro figuras alegóricas, virtudes que decoraban los remates de los retablos colaterales del coro de legos de la cartuja sevillana.

Asunción de la Virgen

Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1622 - 1690)
Óleo sobre lienzo
315 x 200 cm
Hacia 1670
Procedencia
Convento de San Agustín. Sevilla
Comentarios

Obra de gran espectacularidad y efectismo compositivo que, de modo plenamente barroco, muestra un dinámico impulso ascensional y una gran fuerza expresiva en las figuras. 

El lienzo queda dividido por una clara diagonal que se desarrolla de derecha a izquierda y de abajo hacia arriba. La Virgen asciende hacia el cielo desde su sepulcro abierto en el que tres ángeles recogen su sudario. Lo hace en un trono de nubes transportada por ángeles mancebos, en atrevidos y forzados escorzos, cuyas vestimentas roja, amarilla, azul y rosa, aletean al  viento y  disparan sus extremidades en todas direcciones. Dos ángeles niños juegan a esconderse debajo del manto de la Virgen, mientras que otro lleva un cetro y una corona que ofrece a Cristo que, de pie y llevando una cruz, remata la composición. La completan un grupo de ángeles músicos, de colores bastante tenues y delicado dibujo que, junto con el grupo de Cristo, contrastan con la fuerza y el dinamismo del resto de figuras. 

 

Jesús crucificado expirante

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
255 x 193 cm
Hacia 1630-1640
Procedencia
Convento de Capuchinos. Sevilla
Comentarios

Zurbarán elimina del lienzo cualquier elemento anecdótico o secundario para centrar la composición en la figura de Cristo, que alza la mirada llena de patetismo al cielo en un gesto que traduce las palabras "¿Padre, por qué me has abandonado?". Es cierto que la penumbra que envuelve la escena obedece a la descripción de los textos sagrados, pero el pintor la aprovecha como un recurso pictórico en un periodo en el que el tenebrismo domina su estilo.

Todo el dramatismo del momento se plasma a través de su magistral tratamiento de la luz, con la que modela el cuerpo para hacerlo emerger de la oscuridad uniforme del lienzo. Consigue así sugerir la calidad escultórica de la figura, a lo que contribuye la reproducción pormenorizada de cada detalle, especialmente apreciable en los pies y las manos, así como en el paño de pureza, buen ejemplo del dominio que alcanzó en el tratamiento pictórico de las telas. Recrea cada pliegue del tejido sabiendo graduar la iluminación que incide en cada doblez, logrando así un efecto muy natural. 

Inmaculada Concepción (La Colosal)

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
436 x 297 cm
Hacia 1650
Procedencia
Convento de San Francisco. Sevilla
Comentarios

Murillo pintó esta obra por encargo de los franciscanos, grandes defensores de la devoción de la Inmaculada Concepción de María desde la Edad Media. 

Recibe el nombre de la Colosal por sus grandes proporciones ya que se realizó para ser colocada sobre el arco de la capilla mayor, a gran altura y distancia del espectador. Con las manos unidas, la Virgen dirige la mirada hacia abajo acentuando la sensación de profundidad de quien la contempla. El buscado efecto de movilidad espacial de carácter barroco se consigue a través de dos diagonales: la que forman la luna con la nube y los ángeles y la del vuelo del manto. 

Murillo estableció un nuevo tipo iconográfico para esta representación, vistiendo a María con túnica blanca y manto azul,  en composiciones de gran dinamismo, caracterizadas por un resplandeciente fondo dorado y el acompañamiento de una gloria de ángeles revoloteando. 

 

Sagrada Cena

Alonso Vázquez (Sevilla, h. 1540 - México, 1608)
Óleo sobre lienzo
318 x 402 cm
Hacia 1588
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

De Alonso Vázquez hay noticias en Sevilla desde 1588 hasta su marcha a México en 1603, donde ejerció hasta su muerte en 1608. Esta es su primera obra conocida que realizó para el refectorio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas de Sevilla en 1588, por lo que existe una clara relación entre el lugar al que iba destinado y el tema representado.  

Enmarcada por una arquitectura de tipo palaciego y estilo renacentista, se desarrolla la escena en la que Cristo comparte la última cena con los apóstoles. La mesa aparece presidida por Jesús y, en paralelismo al realizado por Leonardo da Vinci, los discípulos quedan dispuestos en grupos de tres. El autor sigue las recomendaciones de algunos tratadistas como Pacheco y coloca a la derecha de Jesús a san Pedro, ocupando un lugar preferente al haber sido elegido por Dios como su vicario en la tierra. A la izquierda del Salvador se encuentra Santiago el Menor, al que según Pacheco había de representarse imitando el rostro de Cristo. Recostado en su pecho aparece Juan, el discípulo amado, mientras que en primer término, Judas mira al espectador mientras sujeta con su mano la bolsa con los treinta siclos que señalan su traición.  

La obra acusa la influencia miguelangelesca en las corpulentas figuras, cuyas anatomías se dejan traslucir a través de los ropajes. Pero el naturalismo también está presente en su especial atención a los elementos que componen el bodegón: jarras, vajilla, servilletas, mantel, flores o el gato que asoma bajo uno de los bancos. 

 

Santo Tomás de Villanueva dando limosnas

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
283 x 188 cm
Hacia 1668
Procedencia
Convento de Capuchinos. Sevilla.
Comentarios

Esta es una pintura de excepcional calidad de la que se ha dicho que era el  lienzo  preferido de Murillo. La inclusión de este santo agustino en un conjunto realizado para el convento franciscano de Capuchinos de Sevilla, pudo estar motivada por su cualidad de santo limosnero, muy asociada a la filosofía franciscana. La vida de santo Tomás de Villanueva se caracterizó por la austeridad, la caridad y la ayuda a los necesitados. 

Formando una composición triangular, la escena está presidida por la figura del santo vestido con hábito agustino, mitra y sosteniendo un báculo, elementos alusivos a su condición de obispo. A su alrededor vemos enfermos y mendigos, necesitados de caridad y de su protección. El realismo con que están pintados denota su experiencia como pintor de tipos populares, como el tullido que, en primer término, se sitúa en un estudiado escorzo o el delicioso grupo de una madre con su hijo que contemplan agradecidos las monedas recibidas. Un estudiado juego de luces y un fondo de arquitectura clásica completan la composición contribuyendo a darle carácter monumental. 

Martirio de San Andrés

Juan de Roelas (Flandes, hacia 1570 - Sevilla, 1625)
Óleo sobre lienzo
520 x 346 cm
Hacia 1610
Procedencia
Capilla de los Flamencos del Colegio de Santo Tomás de Aquino. Sevilla
Comentarios

Se trata de un cuadro de altar, típicamente contrarreformista, en el que se presentan dos registros bien diferenciados, el terrenal y el celeste que el pintor funde con suavidad utilizando como nexo de unión la figura del santo y el sugestivo fondo de paisaje de suelta factura.

Es una composición de gran expresividad y dinamismo, presidida por el San Andrés crucificado en una cruz en aspa. La serenidad que emana de su figura contrasta con el numeroso grupo de personajes que asisten a su martirio. Roelas utiliza el recurso, recomendado por los tratadistas clásicos, de introducir un personaje que llame la atención del espectador sobre lo que sucede en la escena. Es el caso del noble y elegante caballero, de armadura milanesa, que se encuentra a caballo y que mira al espectador mostrándole con su dedo índice el motivo central de la composición.   

Uno de los mayores aciertos es el tono anecdótico que introduce, como esa figura del sayón que trata de pasar con una escalera por el hueco inferior del aspa de la cruz entre el barullo de personajes, muchos de los cuales poseen cierta rudeza casi caricaturesca con proporciones un tanto pesadas y anchos rostros.  

Mostrando el intervalo 21 - 30 de 46 resultados.