Las Colecciones

Obras Singulares

San Antonio Abad y San Cristóbal

Anónimo. Escuela Sevillana. Círculo de Juan Sánchez de Castro (Siglo XV)
Óleo y temple sobre tabla, 167 x 116 cm
Hacia 1480
Procedencia
Convento de San Benito de Calatrava. Sevilla
Comentarios


Esta obras forman parte de una serie compuesta por cuatro tablas que representan figuras de ocho santos emparejados. Cada una se compartimenta en dos por pilastras de las que arrancan arcos conopiales lobulados realizados en madera tallada y dorada. La parte superior de la tabla está decorada con dibujos de cardinas dorados sobre fondo oscuro imitando brocados góticos. Bajo los arcos se cobijan las parejas de santos, de pie, sobre pavimentos polícromos de dibujos geométricos destacando sobre fondos dorados y grabados. 

El santo representado a la izquierda es San Antonio Abad, con el báculo en forma de tau griega, la campana con la que los eremitas ahuyentaban a los demonios y el cerdo, en alusión al tocino que utilizaban los monjes para remediar la enfermedad conocida como fuego de San Antonio. Aparece como un hombre de avanzada edad, con frondosa barba, ataviado con un gran manto oscuro, que le cubre todo el cuerpo y portando el libro o regla de la Orden Hospitalaria de los Antoninos. Sobre el nimbo dorado se lee "San Antón, ermitaño". 

A la derecha aparece San Cristóbal, la mejor figura de la serie, representado como un hombre joven y fuerte, en el momento de cruzar el río, llevando al Niño Jesús sobre su hombro izquierdo y dos peregrinos en el cinturón. Jesús lleva  en su mano izquierda el globo terráqueo mientras que eleva la derecha en actitud de bendecir.  En el brazo derecho lleva un árbol que le sirve de bastón y en el izquierdo una rueda de molino en alusión a su martirio. Destaca su cabeza de minucioso acabado y gran delicadeza de color, así como el fino plegado del paño que la cubre. 

Imagen en alta resolución (Google Art Project)

 

El monaguillo

Alfonso Grosso Sánchez (Sevilla, 1893 - 1983)
Óleo sobre lienzo
127 x 92 cm
1920
Procedencia
Colección del autor
Comentarios

El costumbrismo sevillano encontró en Grosso a uno de sus principales divulgadores que prolonga su pervivencia hasta bien entrado el siglo XX. 

La obra nos presenta la figura infantil de un monaguillo en los momentos previos a una procesión, vestido con una túnica dalmática que el artista ha descrito minuciosamente con todo detalle y que resalta en todo su colorido delante de esa pared blanca. La expresividad de la obra se centra en el gesto simpático y amable del personaje, del todo espontáneo, que con sonrisa picaresca parece querer hacer partícipe del momento al espectador. El uso de la pincelada suelta y el tratamiento vitalista del color, tan del gusto de Grosso, contribuyen a conformar una escena alegre y llena de inocencia infantil.

Se trata de un ejemplo más de la temática que mejor define a Grosso como pintor y que no es otra que la vida religiosa y conventual de Sevilla. 

El cuadro fue premiado con la tercera medalla en la Exposición Nacional de Madrid de 1920.

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

Triana

Emilio Sánchez Perrier (Sevilla, 1855 - Alhama de Granada, 1907)
Óleo sobre lienzo
68 x 122 cm
Hacia 1888 -1890
Procedencia
Mercado de arte. Sevilla
Comentarios

Sánchez Perrier es de singular importancia para la historia del paisajismo y no sólo en Sevilla, como lo demuestran sus obras en colecciones extranjeras y los galardones que alcanzó. Considerado como el fundador de la llamada Escuela de Alcalá de Guadaíra, se convierte en el punto de referencia para paisajistas contemporáneos y de generaciones posteriores.

El tema del perfil de la ciudad de Sevilla que se refleja en las aguas del río Guadalquivir fue tratado frecuentemente por el artista. En esta obra, el encuadre elegido es el de la orilla del río con el conjunto de fachadas y postigos traseros del barrio de Triana. Este lugar, escogido por el pintor en numerosas ocasiones, concluye en el puente de Isabel II, tras el que se atisban algunas embarcaciones. La vista destaca esta vez por lo singular de su gran formato y por la elaborada composición de amplia perspectiva. Se trata de un trabajo meticuloso, descriptivo, fruto de la realización de apuntes y estudios que le confieren un gran valor documental a esta vista de la ciudad. Un paisaje en el que la personalidad del pintor se manifiesta por su visión realista, de minuciosa y atenta mirada del natural con marcado carácter intimista, en la que los motivos populares y pintorescos se enmarcan dentro de una atmósfera de espacio y tiempo detenidos.

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

Retrato de Gustavo Adolfo Bécquer

Valeriano Domínguez Bécquer (Sevilla, 1833 - 1870)
Óleo sobre lienzo
73 x 60 cm
1862
Procedencia
Colección Ybarra. Sevilla
Comentarios

Valeriano Bécquer realiza este magnífico retrato de su hermano, el poeta sevillano Gustavo Adolfo Bécquer, hacia el año 1862, fecha de su viaje a Madrid, capital donde residía Valeriano y en la que comienza su segunda etapa artística, caracterizada por una pintura más resuelta, luminosa y flexible.

El retrato representa una imagen del poeta que ha sido plasmada en numerosas ocasiones en libros de texto, publicaciones, e incluso ilustró durante muchos años el ya desaparecido billete de cien pesetas. Puede considerarse como una de las obras capitales de la pintura romántica española, comparable con los mejores retratos realizados en la Europa de su época.

El sentimiento fraternal de Valeriano le hace captar la imagen de su hermano, ensalzándola y condensando en su gesto todas las características que imperan en el Romanticismo: el ímpetu, la melancolía, la pasión y la exaltada idealización. El retratado posa con elegancia aristocrática y una mirada de intensa carga emotiva que dirige al espectador para trasmitirle su creatividad y agitada sensibilidad.  

Su fisonomía de largos cabellos rizados, mirada melancólica, breve perilla y finos bigotes, así como su indumentaria de capa oscura y camisa de gran cuello blanco, nos muestra la imagen reconocida del gran poeta sevillano. 

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

 

Santiago el Mayor

José de Ribera (Játiva, 1591 - Nápoles, 1652)
Óleo sobre lienzo
120 x 97 cm
Hacia 1634
Procedencia
Colección González Abreu. Sevilla
Comentarios

La mayor parte de la vida de Ribera transcurrió en Nápoles bajo la protección de los virreyes españoles. En la formación de su estilo y sensibilidad fue fundamental la influencia italiana. Sus primeras obras le atestiguan como seguidor de Caravaggio, cuyo naturalismo tenebrista caracterizará su estilo que también se vio enriquecido por el clasicismo romano-boloñés y el pictoricismo y colorido venecianos. Son numerosos los testimonios que se conservan de las pinturas que realizó de figuras aisladas de santos, como esta serena y equilibrada de Santiago Apóstol. Sorprende esta obra por la sabiduría en el uso de la luz y el potente modelado de seguro dibujo en cuyo dominio debió de ser fundamental su excelente maestría como grabador.

La sobriedad compositiva de esta obra concentra la atención sobre los elementos esenciales del cuadro mientras que densas pinceladas recrean las calidades de la materia. Aparece el santo de tres cuartos, mirando de frente directamente al espectador. Está representado como apóstol, con barba, túnica, el palio o manto apostólico y llevando el libro de los evangelios en la mano. La rotunda figura destaca con su manto rojo, sujeto con la concha de peregrino, sobre un fondo neutro en el que el espacio apenas está sugerido por un poyete que aparece en la parte inferior izquierda. De gran sobriedad  compositiva, concentra la atención en las expresivas manos, el sereno y equilibrado semblante  y el libro, elementos esenciales en los que la pincelada densa recrea las calidades de la materia y subraya los efectos de luz a los que presta particular atención.

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

San Juan Bautista

Pedro de Mena (Granada, 1628 - Málaga, 1688)
Madera tallada y policromada
Altura 65 cm
1674

Procedencia
Donación González Abreu, 1928.
Comentarios

Encantadora figura infantil del precursor de Jesús que mira al frente con expresión seria y digna. Lleva el lábaro o cruz con estandarte que siempre porta con la mano izquierda mientras que con la derecha señala al suelo, lugar donde con toda probabilidad debería de estar el cordero o Agnus Dei que le acompaña siempre y que se ha perdido. Generalmente aparece vestido con una túnica de piel de camello pero en este caso está desnudo lo que nos permite apreciar su cuerpo de suave modelado que nos muestra sus rasgos infantiles como la barriga abultada o la nariz y los labios pequeños. Destaca el peinado de curvados y agitados mechones con los extremos al vuelo trabajado con minuciosidad. 

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

 

Santas Justa y Rufina

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
200 x 176 cm
Hacia 1666
Procedencia
Convento de Capuchinos. Sevilla
Comentarios

Las dos hermanas, martirizadas por el prefecto romano Diogeniano por negarse a adorar ídolos, aparecen con las palmas del martirio, sosteniendo la Giralda en sus manos en alusión a la intervención milagrosa de ambas en el terremoto de 1503 que impidió que cayera la torre, y los modestos objetos de barro, símbolo de su profesión de alfareras.

La composición en extremo sencilla adolece de cierto estatismo apenas roto por los cacharros situados en primer plano y por los amplios pliegues de las vestimentas de rico colorido. Tal y como acostumbra, el pintor pinta dos figuras de delicada y popular belleza pero con dos actitudes complementarias ya que mientras una de ellas se dirige al espectador con una mirada serena, la otra eleva sus ojos hacia lo alto como buscando el amparo y la protección divina.

Aunque no se conoce ningún bodegón independiente pintado por Murillo, podemos apreciar su extraordinaria capacidad para plasmar naturalezas muertas por la gran calidad de estas vasijas de barro vidriadas en blanco. Dispuestas en el suelo, rompen la frontalidad de la composición y nos conducen en profundidad hacia un sencillo paisaje.  

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

San Antonio de Padua con el Niño

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617-1682)
Óleo sobre lienzo
283 x 188 cm
Hacia 1668-1669
Procedencia

Convento de Capuchinos. Sevilla

Comentarios

San Antonio representa el ideal de religiosidad popular propugnado por los primeros franciscanos.

El milagro de la aparición del Niño Jesús a san Antonio trata de un episodio que le otorga un matiz protector de la infancia, siendo el más usual de toda la iconografía antoniana y el predilecto de Murillo, que lo trata con especial mimo por su natural tendencia a representar el mundo infantil. San Antonio, muy joven y con la barba capuchina, a diferencia de otras representaciones murillescas del santo, aparece arrodillado en un suelo rocoso rodeando con su brazo al Niño, que está sentado en un libro abierto. Jesús, ha descendido de un rompimiento de gloria del que emana un haz de luz que ilumina la escena alzando el brazo para señalarle al santo los dones celestiales que la entrega de Dios le hará gozar. A san Antonio se le reconoce por sus atributos: el libro, el hábito marrón franciscano y las azucenas que lleva a modo de pluma de escritura. 

El pintor crea, por medio de los tonos dorados que rodean el encuentro entre los personajes o los nacarados de la piel del pequeño, aplicados con una pincelada vibrante, suelta y vaporosa, una atmósfera realmente emotiva. No hay más argumento que una tierna mirada entre los dos protagonistas. La mejor manera de plasmar la sencilla, profunda y austera devoción capuchina. 

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

 

 

Retrato de Jorge Manuel

Domenico Theotocopoulos, el Greco (Candía, Creta, 1541 - Toledo, 1614)
Óleo sobre lienzo
74 x 50,5 cm
Hacia 1600-1605
Procedencia
Colección de los Duques de Montpensier. Palacio de San Telmo. Sevilla
Comentarios

Este excelente retrato, aunque es la única obra del Greco que conserva el museo, ofrece la singularidad de ser una creación excepcional dentro de su producción por tratarse de un importante testimonio de su vida familiar. Aunque durante todo el siglo XIX fue considerado como autorretrato del pintor, hoy se acepta por la mayoría de los investigadores que el representado es Jorge Manuel, único hijo del Greco, arquitecto, escultor y pintor como su padre.

Ejerce un poderoso atractivo la esbelta y distinguida figura que está vestida según la moda española del momento, grave y elegante, con jubón negro y aparatosa golilla encañonada. Además de ser uno de los retratos de mayor vivacidad expresiva y elegante sobriedad de su autor, la obra tiene el interés de subrayar la dignidad del arte de la pintura frente a otros oficios serviles con los que se equiparaba. Lo corrobora el distinguido gesto en el manejo del pincel y la elegante postura con que sostiene la paleta y el haz de pinceles, como indicando que se trata de un arte de caballeros. 

La factura es fluida y esmerada, con mas empastes en las zonas de luz mientras que en otros lugares como en la gola, el pincel apenas roza el lienzo. La gama de colores empleada es muy reducida: blanco, bermellón, ocre y negro. 

Imagen en alta resolución. (Google Arts & Culture)

 

Cristo Varón de Dolores

Pedro Millán (act. 1451-1500)
Barro cocido y policromado
161 x 108,5 x 50 cm.
Hacia 1485 - 1503
Procedencia
Iglesia parroquial de El Garrobo. Sevilla
Comentarios

Pedro Millán, escultor hispalense de finales del gótico, fue discípulo del imaginero Lorenzo Mercadante, del que toma la influencia flamenca de sus obras. Sin embargo, su producción consta de una clara raíz autóctona, lo que le convertirá en uno de los autores fundamentales del arte sevillano de finales del siglo XV y principios del XVI.

Este grupo escultórico presenta el tipo iconográfico del Varón de Dolores, que propugnara en el Canto del Siervo el Profeta Isaías (Is 53, 3). Supone ser una prefiguración de la venida del Mesías, fusionando su Pasión y Resurrección. Se presenta en el centro a Cristo, de pie y vivo, a partir de una anatomía esbelta, pudiendo apreciarse en el modelado del torso desnudo cierto realismo, acentuado por las huellas de la Pasión, como la llaga abierta del costado o los agujeros de los clavos que muestra en las manos. Apoya los pies sobre un suelo rocoso, sobre el que se dispone una filacteria con la firma del autor. También, destaca el tratamiento de la cabeza, de rostro ensimismado que subraya el patetismo de la escena, tocado con gruesa corona, cuyas espinas pueden verse clavadas en la piel.

Queda flanqueado por dos ángeles, dispuestos de forma simétrica. Sus cuerpos, representados con cierta curvatura algo arcaizante, visten túnica y manto, simulando telas pesadas y quebradas en angulosos pliegues. Quedan ornamentados con broches así como con joyeles en las diademas.
A los pies del conjunto, aparece representada una figura orante, a menor escala. Se trata del racionero de la catedral, Antonio Imperial, quien contrató con el escultor esta obra, destinada a su enterramiento en la Capilla de san Laureano.

Mostrando el intervalo 11 - 20 de 46 resultados.