Las Colecciones

Obras Singulares

San Hugo en el Refectorio

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
262 x 307 cm
Hacia 1655
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

Para la sacristía de la cartuja de Sevilla pintó Zurbarán tres obras que aluden a los principios espirituales de la orden: el silencio, en La visita de San Bruno a Urbano II,  la devoción a la Virgen en La Virgen de las Cuevas y la mortificación por el ayuno, recogida en esta obra. 

Narra el milagro acaecido hacia el año 1084 en la Cartuja de Grenoble el domingo anterior al miércoles de ceniza, cuando San Hugo, obispo de la ciudad, envió carne a los siete frailes fundadores. Mientras éstos discutían la posibilidad de vivir o no en perpetua abstinencia quedaron, por intervención divina, sumidos en un profundo sueño que se prolongó durante cuarenta y cinco días. Al recibir la visita de San Hugo despertaron y vieron con asombro como la carne se había convertido en ceniza, prodigio que confirmaba que debían intensificar aún más una vida de austeridad y ayuno.

El resultado es una composición fría, estática, como petrificada y atemporal, en la que Zurbarán ha realizado una notable galería de retratos y un interesante juego de volúmenes con los hábitos de los monjes. Destaca, asimismo, el tratamiento del bodegón, platos blancos y decorados en azul y blanco, y jarras con el escudo de la cartuja dispuestos alternativamente. Hay que destacar por último, el color, sobrio pero aplicado con delicadas veladuras en la pared y el mantel blanco que cae perpendicularmente hacia el suelo.  

En el cuadro que vemos en la pared del fondo no es casual la elección del motivo y los personajes ya que aparecen la Virgen y San Juan, patronos de la cartuja, que también practicaron el ayuno, María durante su huida a Egipto y San Juan en el desierto. 

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Baile por Bulerías

José García Ramos (Sevilla, 1852 - 1912)
Óleo sobre lienzo
52 x 28 cm
1884
Procedencia
Colección de D. Alfonso Grosso. Sevilla
Comentarios

 

José García Ramos es sin duda uno de los más hábiles pintores del costumbrismo sevillano. Dedicó casi toda su carrera a dibujar, con una enorme expresividad y técnica minuciosa, escenas de la vida cotidiana en Sevilla, desde fiestas flamencas a asuntos taurinos, que se vendían con gran facilidad dentro y fuera de las fronteras. Esta obra pertenece a esa industria de cuadros de pequeño formato que tanta difusión alcanzó entre la sociedad de finales del siglo XIX.

Esta obra titulada también "El baile" reúne todos los elementos característicos del costumbrismo pictórico del último cuarto del siglo XIX. Es un lienzo pequeño y la escena se desarrolla en el interior de una taberna sevillana en la que se describen los tópicos con los que hoy en día aún es identificada la ciudad y que nos recrea una de las escenas de sabor costumbrista propias del autor: un cartel de toros, una bodega, las sillas de enea y el flamenco. 

García Ramos practica una técnica virtuosa de gran calidad, con un dibujo firme y preciso, agilidad compositiva y una pincelada empastada y decisiva que, a base de manchas, consigue el efecto del movimiento del vestido de la bailaora en el que se confunden los volantes unos con otros. En primer plano a la izquierda un pequeño bodegón con los restos de unas naranjas muestra lo estudiada que está la composición, negando cualquier improvisación.

 

La Prudencia

Juan de Mesa, atribuido (Córdoba, 1538 - Sevilla, 1627)
Madera tallada y policromada
Altura 80 cm
1618
Procedencia
Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

La representación de las virtudes cardinales, tomadas del mundo grecolatino en la que eran virtudes morales, es frecuente en la iconografía cristiana. El museo conserva una serie en la que aparecen La Templanza, La Fortaleza, La Justicia y esta que comentamos, atribuídas al escultor Juan de Mesa aunque hasta hace poco se habían considerado como de un desconocido Juan de Solís. Estas cuatro figuras alegóricas decoraban los remates de los retablos colaterales del coro de legos de la cartuja sevillana y se disponen sobre un plano inclinado. A pesar de su identificación con estas virtudes, a falta de un documento o descripción que lo acredite de manera fehaciente, lleva a pensar que tal vez personifiquen otras virtudes relacionadas con la vida monástica o con la orden cartuja en concreto.

La virtud de la prudencia está concebida como una joven recostada que apoya su cuerpo con el brazo derecho mientras que con la mano izquierda sostiene cuidadosamente una paloma. Su exquisita cabeza, de dulce expresión y rostro ensimismado y bello, que dirige un gesto amable hacia la paloma y la representación de su poca edad, hace que pueda considerarse como una plasmación ideal de la Juventud o también de la Humildad o la Pureza, ya que estas también aparecen con frecuencia asociadas al atributo de la paloma. Por su suave modelado puede ser considerada una de las más hermosas de la serie.  

La Virgen de las Cuevas

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
267 x 320 cm.
Hacia 1655
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

Para la sacristía de la cartuja de Sevilla pintó Zurbarán tres obras que aluden a los principios espirituales de la orden: el silencio, en La visita de San Bruno a Urbano II, la mortificación por el ayuno en San Hugo en el refectorio y la devoción a María, recogida en esta obra. 

Representa una iconografía de origen medieval, de origen cisterciense, en la que los frailes aparecen recibiendo protección de la Virgen, acogidos bajo su manto en dos grupos arrodillados a cada lado de la figura femenina. La obra es de gran simplicidad compositiva. Sin embargo, las figuras estáticas dispuestas simétricamente, tienen gran  fuerza plástica al individualizar  los rostros de los frailes que constituyen una auténtica galería de retratos. La inspiración de esta obra en un grabado sea probablemente el motivo.

La Virgen bendice de modo especial a los dos primeros monjes que podrían ser  Dominique Hélion y Jean de Rhodes por su papel en la difusión del rosario, simbolizado por las rosas y los jazmines esparcidas en el suelo con gran delicadeza.

Se aprecia el gran dominio de Zurbarán al tratar las distintas calidades de la materia como se ve en los hábitos de los monjes  y su extraordinario sentido del color, con el que crea una luminosa composición que se ve enriquecida por los matices rosas de la túnica y del azul del manto que contrastan con el blanco de las vestiduras de los cartujos y con la oscuridad de la parte interior del manto. 

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Salero de Neptuno

Anónimo Escuela Flamenca
Plata, plata dorada y cristal
59,5 x 48 x 49 cm.
Hacia 1640
Procedencia
Familia de los Marqueses de Blanco Hermoso. Sevilla
Comentarios

El Barroco es el período de esplendor de la platería europea tanto religiosa como civil y esto queda reflejado en la colección del museo con una importante obra que, procedente de la colección de los marqueses de Blanco Hermoso, fue adquirida por la Junta de Andalucía en 1988. 

Realizado en plata dorada y blanca y cristal, representa el carro de Neptuno conducido por el mismo dios que sujeta las riendas con una mano mientras que con la otra levanta el tridente, su atributo. Está sentado sobre una concha en el carro que surge del agua tirado por hipocampos y acompañado de varias figuras antropomórficas de escamosas piernas que tocan las caracolas que anuncian la llegada del dios. Durante los siglos XVI y XVII era habitual la representación de Neptuno en piezas de mesa, sobre todo en las relacionadas con el agua y la sal, como es el caso.

La peana, rectangular, escalonada y ochavada, reproduce la superficie de un mar agitado y está decorada con seis tritones.

En esta pieza, que está realizada en época temprana, sobresalen características que van a ser propias del Barroco como son el dinamismo y la expresividad de los caballos, que aparecen de modo naturalista con las bocas piafantes y tratados de manera escultórica. 

Desposorios místicos de Santa Inés

Francisco Pacheco (Sanlúcar de Barrameda, Cádiz, 1564 - Sevilla, 1644)
Óleo sobre lienzo
169 x 124 cm
1628

 

Procedencia
Capilla del Santísimo de la Iglesia del Colegio de San Buenaventura. Sevilla
Comentarios

Francisco Pacheco, más conocido por ser el suegro de Velázquez y por su obra teórica El Arte de la Pintura que por sus cualidades artísticas, representa la tradición frente al incipiente naturalismo de la escuela sevillana del primer cuarto del siglo XVII. 

En esta obra, una de las mejores que del autor conserva el museo, el artista se ha esforzado en representar una escena mística e íntima. Aporta ciertos detalles naturalistas como el suelo lleno de flores blancas, que evocan la pureza de la santa, la palma del martirio, el salterio con la página marcada y la pequeña silla claveteada de terciopelo rojo.

El conjunto se encuentra bañado por una fuerte luminosidad que introduce lo divino en una escena mundana. Sin embargo, los pliegues quebrados de los ropajes, inspirados en grabados nórdicos, y la dureza y sequedad del tratamiento de las figuras, evidencian lo limitado del talento del artista que se encuentra en este momento en el apogeo de su carrera.

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San Juan Bautista

Pedro de Mena (Granada, 1628 - Málaga, 1688)
Madera tallada y policromada
Altura 65 cm
1674

Procedencia
Donación González Abreu, 1928.
Comentarios

Este San Juan Bautista niño, conocido popularmente como San Juanito, responde a un tema muy querido en la escultura andaluza. Es una
encantadora figura infantil del precursor de Jesús que mira al frente con expresión seria y digna aunque no muy expresiva. Lleva el lábaro o cruz con estandarte que siempre porta con la mano izquierda mientras que con la derecha señala al suelo, lugar donde con toda probabilidad debería de estar el cordero o agnus Dei (cordero de Dios que representa el sacrificio de Jesucristo por los pecados de los hombres)  que le acompaña siempre y que ya no se conserva.

Generalmente aparece vestido con una túnica de piel de camello pero en este caso está desnudo lo que nos permite apreciar su cuerpo de suave modelado que nos muestra sus rasgos infantiles como la barriga y la frente abultadas, los ojos rasgados o la nariz y los labios pequeños. Destaca el peinado, de curvados y agitados mechones con los extremos al vuelo, trabajado igualmente en la parte trasera de la figura, lo que indica el interés del autor en un perfecto acabado. 

Pedro de Mena fue un gran creador de tipos iconográficos, en este caso un niño que no se parece nada al modelo sevillano que repitió el modelo creado por Juan Martínez Montañés. Esta obra pertenece a la última época de Mena, en la que recibió gran cantidad de encargos de pequeñas obras, como Ecce Homos y Dolorosas para oratorios privados. 

La escultura está realizada en Málaga, tal y como el propio autor hace constar, a la vez que la fecha y la firma.

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Flagelación de San Jerónimo

Juan de Valdés Leal (Sevilla, 1622 - 1690)
Óleo sobre lienzo
223,5 x 245,5 cm
Hacia 1657
Procedencia
Monasterio de San Jerónimo de Buenavista. Sevilla
Comentarios

La interesante serie de la vida de san Jerónimo fue realizada por Valdés Leal para decorar la sacristía del convento hispalense de San Jerónimo de Buenavista. La constituyen dieciocho lienzos en los que se narran episodios de la vida del santo y se ensalza la historia del la orden religiosa con la presentación de sus principales miembros, algunos vinculados a la vida del propio convento. Se inicia la serie con El Bautismo de San Jerónimo, firmado y fechado por Valdés en 1657. Mucho más afortunadas son las escenas de la tentación y la flagelación, espléndidamente resueltas con la intensidad dramática y vigoroso cromatismo característicos del pintor. Fuera de España se encuentran los episodios de San Jerónimo discutiendo con los rabinos y La muerte de San Jerónimo.

El episodio de la flagelación, como castigo por haber leído textos de Cicerón, fue también narrado por el mismo santo en una carta dirigida a santa Eustoquio. La fogosidad con que el artista ha representado la escena no encuentra parangón en la pintura del XVII. La escena está dividida por una diagonal que forma dos registros. En el superior izquierdo, en una dorada gloria celestial, se halla Jesucristo acompañado por la Virgen y san Juan en actitud de interceder por san Jerónimo quien, en la zona inferior derecha, con fisonomía joven y arrodillado, recibe el castigo de dos ángeles de ondulantes gestos y vestimentas.

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Retrato de D. Cristóbal Suárez de Ribera

Diego Rodríguez de Silva y Velázquez (Sevilla, 1599 - Madrid, 1660)
Óleo sobre lienzo
207 x 148 cm.
1620
Procedencia
Iglesia de san Hermenegildo. Sevilla
Comentarios

Un joven Velázquez nos presenta a Cristóbal Suárez de Ribera, presbítero, patrono artístico y fundador de la hermandad de San Hermenegildo cuyo emblema se sitúa en el ángulo superior izquierdo con los atributos del santo mártir: la corona, el hacha, la palma y la cruz con una corona de rosas. 

El retrato fue realizado después de la muerte del sacerdote para colocarlo sobre su sepulcro en la iglesia de San Hermenegildo de Sevilla, edificio cuya construcción había impulsado él mismo. Se trata de uno de los primeros retratos del pintor y destaca por la extraordinaria volumetría del modelo, resaltando la cabeza, de rostro hierático, y las manos, ambos motivos mas afinados y acabados que los oscuros ropajes. La composición la completa la ventana, recurso clásico que en este caso se abre a uno de los más tempranos paisajes de uno de los pintores que renovó ese género en la pintura de su tiempo. Se trata de un paisaje esquemático y sombrío de cedros y cipreses que bien pudiera tratarse de un camposanto ya que, debido a la naturaleza del encargo, podría aludir a la idea de la muerte y la resurrección.

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Virgen del Rosario

Cristóbal de Augusta
Cerámica
1250 x 1250 cm
1577
Procedencia
Convento de Madre de Dios
Comentarios

Representación de la Virgen con el Niño que protege bajo su manto, sostienido por dos ángeles, a diversos santos de la orden dominica siguiendo el modelo gótico de virgen protectora que se extendió a otras órdenes religiosas como podemos contemplar en otra obra del museo, Virgen de las Cuevas de Francisco de Zurbarán que se pintó para el monasterio de la orden cartuja de Sevilla. 

Los dominicos contribuyeron asimismo a la expansión del Rosario, que en esta obra la Virgen, situada en el centro de la composición, entrega a Santo Domingo de Guzmán, fundador de la orden, que aparece en el centro del grupo masculino llevando entre sus manos la vara de azucenas, símbolo de pureza y uno de sus atributos principales. Los dos grupos de religiosos se distribuyen en número de tres a ambos lados de la  figura principal que centra esta simétrica composición de personajes representados con un canon ciertamente alargado. 

La obra está realizada mediante la técnica del azulejo polícromo plano introducida por el italiano Niculoso Pisano. Tiene el interés añadido de estar firmada y fechada en la parte inferior, al igual que otros azulejos salidos de la mano de su autor que todavía se conservan en el emplazamiento original del convento de Madre de Dios de Sevilla. 

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