Las Colecciones

Obras Singulares

Martirio de San Andrés

Juan de Roelas (Flandes, hacia 1570 - Sevilla, 1625)
Óleo sobre lienzo
520 x 346 cm
Hacia 1606 - 1610
Procedencia
Capilla de los Flamencos del Colegio de Santo Tomás de Aquino. Sevilla
Comentarios

Se trata de un cuadro de altar, típicamente contrarreformista, en el que se presentan dos registros bien diferenciados, el terrenal y el celeste que el pintor funde con suavidad utilizando como nexo de unión la figura del santo y el sugestivo fondo de paisaje de suelta factura.

Es una composición de gran expresividad y dinamismo, presidida por el San Andrés crucificado en una cruz en aspa. La serenidad que emana de su figura contrasta con el numeroso grupo de personajes que asisten a su martirio. Roelas utiliza el recurso, recomendado por los tratadistas clásicos, de introducir un personaje que llame la atención del espectador sobre lo que sucede en la escena. Es el caso del noble y elegante caballero, de armadura milanesa, que se encuentra a caballo y que mira al espectador mostrándole con su dedo índice el motivo central de la composición.   

Uno de los mayores aciertos es el tono anecdótico que introduce, como esa figura del sayón que trata de pasar con una escalera por el hueco inferior del aspa de la cruz entre el barullo de personajes, muchos de los cuales poseen cierta rudeza casi caricaturesca con proporciones un tanto pesadas y anchos rostros.  

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Dolorosa

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
166 x 107 cm
Hacia 1660
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La obra, de profundo dramatismo, muestra el dolor de la madre por el castigo infligido a su hijo para, de este modo, mover a los fieles al fervor religioso por medio de los sentimientos. Para aumentar la emotividad, María es representada de figura completa y a tamaño natural, sentada en un banco corrido apenas perceptible, emergiendo a través de una cálida iluminación de un fondo en penumbra en un espacio vacío de cualquier otra referencia. Destaca el concentrado sentimiento espiritual de su bello rostro en el que se refleja un dolor contenido.

María, sola y sin atributos, puede considerarse un cuadro aislado de carácter devocional aunque su interpretación se presta a confusión, pues la imagen evoca más una Soledad que una Dolorosa, como se le denomina tradicionalmente, ya que la Soledad refleja el momento posterior a la muerte de Cristo mientras que la Dolorosa representa a la Virgen sufriente después de la flagelación y la coronación de espinas. Su expresión con los brazos abiertos y la mirada dirigida al cielo parece más bien aludir a una petición de amparo y compasión posterior a la muerte de Cristo, por lo que parece más próxima a la representación de una Piedad aunque sin el cuerpo de su hijo en el regazo. 

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Virgen con el Niño (Virgen de la servilleta)

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
67 x 72 cm.
Hacia 1668 - 1669
Procedencia
Convento de Capuchinos. Sevilla
Comentarios

Esta célebre representación de la Virgen con el Niño es conocida como "La Virgen de la Servilleta" debido a una tradición originada a comienzos del siglo XIX según la cual el artista la pintó en ese soporte.La obra ha sido extremadamente popular a lo largo de los siglos y de ella se han realizado multitud de copias. Debe su éxito a la habilidad de Murillo para mover a la piedad por lo cotidiano, por ese afecto que vincula a la madre con su hijo que, lleno de curiosidad infantil, parece querer abandonar sus brazos para pasar a los del espectador. 

Mediante una estudiada penumbra, el pintor sitúa a las figuras en un espacio intermedio entre el interior en el que realmente se encuentran y el exterior al que se asoman, como indica el elemento en que la Virgen apoya su brazo. Las dos figuras conectan sus miradas y sentimientos con los del espectador transmitiendo una ternura e intimismo que fueron claves del éxito de la pintura religiosa de Murillo. 

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Santo Tomás de Villanueva dando limosnas

Bartolomé Esteban Murillo (Sevilla, 1617 - 1682)
Óleo sobre lienzo
283 x 188 cm
Hacia 1668 - 1669
Procedencia
Convento de Capuchinos. Sevilla.
Comentarios

Esta es una pintura de excepcional calidad de la que se ha dicho que era el  lienzo  preferido de Murillo. La inclusión de este santo agustino en un conjunto realizado para el convento franciscano de Capuchinos de Sevilla, pudo estar motivada por su cualidad de santo limosnero, muy asociada a la filosofía franciscana. La vida de santo Tomás de Villanueva se caracterizó por la austeridad, la caridad y la ayuda a los necesitados. 

Formando una composición triangular, la escena está presidida por la figura del santo vestido con hábito agustino, mitra y sosteniendo un báculo, elementos alusivos a su condición de obispo. A su alrededor vemos enfermos y mendigos, necesitados de caridad y de su protección. El realismo con que están pintados denota su experiencia como pintor de tipos populares, como el tullido que, en primer término, se sitúa en un estudiado escorzo o el delicioso grupo de una madre con su hijo que contemplan agradecidos las monedas recibidas. Un estudiado juego de luces y un fondo de arquitectura clásica completan la composición contribuyendo a darle carácter monumental. 

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Tránsito de San Hermenegildo

Alonso Vázquez (Sevilla, h.1540 - México, 1608) /  Juan de Uceda (Sevilla, h.1570 - 1631)
Óleo sobre lienzo
492 x 340 cm
Hacia 1603 - 1604
Procedencia
Iglesia del Hospital de San Hermenegildo. Sevilla
Comentarios

La obra inaugura el tipo de composición a cuyo esquema de dos grandes registros, uno terrenal y otro celeste, fueron tan aficionados los pintores barrocos sevillanos del siglo XVII. En este caso son dos pisos rígidamente separados, dos composiciones temáticas totalmente diferentes que no parecen tener relación entre sí. Existe una diferencia entra las formas y los colores de los dos registros que obedece a que  la autoría de la obra es compartida entre Alonso Vázquez, que realizó la parte inferior y Juan de Uceda que se habría ocupado de la superior. Por este motivo debió de quedar sin firmar la cartela que encontramos en la parte baja.

En la zona inferior, en el centro, aparece arrodillado san Hermenegildo con un sitial delante, con el hachazo del que murió en la cabeza y rodeado en su tránsito hacia la gloria por un grupo de ángeles que pueden relacionarse con la Constancia y la Fe que arman al santo con la espada, la rodela y el yelmo. A la izquierda se sitúan san Leandro y san Isidoro, quienes consuelan a Ingunda, mujer de san Hermenegildo. A la derecha, arrodillado en actitud de oración, se encuentra el cardenal Cervantes, fundador del hospital para el que fue pintada la obra, acompañado de otro personaje. En el centro de la parte superior figura la Virgen, entre ángeles músicos, que tiende hacia san Hermenegildo la corona de gloria propia de los santos. 

 

San Hugo en el Refectorio

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
262 x 307 cm
Hacia 1655
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

Para la sacristía de la Cartuja de Sevilla pintó Zurbarán tres obras que aluden a los principios espirituales de la orden: el silencio, en La visita de San Bruno a Urbano II,  la devoción a la Virgen en La Virgen de las Cuevas y la mortificación por el ayuno, recogida en esta obra. 

Narra el milagro acaecido hacia el año 1084 en la Cartuja de Grenoble el domingo anterior al miércoles de ceniza, cuando San Hugo, obispo de la ciudad, envió carne a los siete frailes fundadores. Mientras éstos discutían la posibilidad de vivir o no en perpetua abstinencia quedaron, por intervención divina, sumidos en un profundo sueño que se prolongó durante cuarenta y cinco días. Al recibir la visita de San Hugo despertaron y vieron con asombro como la carne se había convertido en ceniza, prodigio que confirmaba que debían intensificar aún más una vida de austeridad y ayuno.

El resultado es una composición fría, estática, como petrificada y atemporal, en la que Zurbarán ha realizado una notable galería de retratos y un interesante juego de volúmenes con los hábitos de los monjes. Destaca, asimismo, el tratamiento del bodegón, platos blancos y decorados en azul y blanco, y jarras con el escudo de la cartuja dispuestos alternativamente. Hay que destacar por último, el color, sobrio pero aplicado con delicadas veladuras en la pared y el mantel blanco que cae perpendicularmente hacia el suelo.  

En el cuadro que vemos en la pared del fondo no es casual la elección del motivo y los personajes ya que aparecen la Virgen y San Juan, patronos de la cartuja, que también practicaron el ayuno, María durante su huida a Egipto y San Juan en el desierto. 

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Baile por Bulerías

José García Ramos (Sevilla, 1852 - 1912)
Óleo sobre lienzo
52 x 28 cm
1884
Procedencia
Colección de D. Alfonso Grosso. Sevilla
Comentarios

 

José García Ramos es sin duda uno de los más hábiles pintores del costumbrismo sevillano. Dedicó casi toda su carrera a dibujar, con una enorme expresividad y técnica minuciosa, escenas de la vida cotidiana en Sevilla, desde fiestas flamencas a asuntos taurinos, que se vendían con gran facilidad dentro y fuera de las fronteras. Esta obra pertenece a esa industria de cuadros de pequeño formato que tanta difusión alcanzó entre la sociedad de finales del siglo XIX.

Esta obra titulada también "El baile" reúne todos los elementos característicos del costumbrismo pictórico del último cuarto del siglo XIX. Es un lienzo pequeño y la escena se desarrolla en el interior de una taberna sevillana en la que se describen los tópicos con los que hoy en día aún es identificada la ciudad y que nos recrea una de las escenas de sabor costumbrista propias del autor: un cartel de toros, una bodega, las sillas de enea y el flamenco. 

García Ramos practica una técnica virtuosa de gran calidad, con un dibujo firme y preciso, agilidad compositiva y una pincelada empastada y decisiva que, a base de manchas, consigue el efecto del movimiento del vestido de la bailaora en el que se confunden los volantes unos con otros. En primer plano a la izquierda un pequeño bodegón con los restos de unas naranjas muestra lo estudiada que está la composición, negando cualquier improvisación.

 

La Prudencia

Juan de Mesa, atribuido (Córdoba, 1538 - Sevilla, 1627)
Madera tallada y policromada
Altura 80 cm
1618
Procedencia
Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

La representación de las virtudes cardinales, tomadas del mundo grecolatino en la que eran virtudes morales, es frecuente en la iconografía cristiana. El museo conserva una serie en la que aparecen La Templanza, La Fortaleza, La Justicia y esta que comentamos, atribuídas al escultor Juan de Mesa aunque hasta hace poco se habían considerado como de un desconocido Juan de Solís. Estas cuatro figuras alegóricas decoraban los remates de los retablos colaterales del coro de legos de la cartuja sevillana y se disponen sobre un plano inclinado. A pesar de su identificación con estas virtudes, a falta de un documento o descripción que lo acredite de manera fehaciente, lleva a pensar que tal vez personifiquen otras virtudes relacionadas con la vida monástica o con la orden cartuja en concreto.

La virtud de la prudencia está concebida como una joven recostada que apoya su cuerpo con el brazo derecho mientras que con la mano izquierda sostiene cuidadosamente una paloma. Su exquisita cabeza, de dulce expresión y rostro ensimismado y bello, que dirige un gesto amable hacia la paloma y la representación de su poca edad, hace que pueda considerarse como una plasmación ideal de la Juventud o también de la Humildad o la Pureza, ya que estas también aparecen con frecuencia asociadas al atributo de la paloma. Por su suave modelado puede ser considerada una de las más hermosas de la serie.  

La Virgen de las Cuevas

Francisco de Zurbarán (Fuente de Cantos, Badajoz, 1598 - Madrid, 1664)
Óleo sobre lienzo
267 x 320 cm.
Hacia 1655
Procedencia
Monasterio de la Cartuja de Santa María de las Cuevas. Sevilla
Comentarios

Para la sacristía de la cartuja de Sevilla pintó Zurbarán tres obras que aluden a los principios espirituales de la orden: el silencio, en La visita de San Bruno a Urbano II, la mortificación por el ayuno en San Hugo en el refectorio y la devoción a María, recogida en esta obra. 

Representa una iconografía de origen medieval, de origen cisterciense, en la que los frailes aparecen recibiendo protección de la Virgen, acogidos bajo su manto en dos grupos arrodillados a cada lado de la figura femenina. La obra es de gran simplicidad compositiva. Sin embargo, las figuras estáticas dispuestas simétricamente, tienen gran  fuerza plástica al individualizar  los rostros de los frailes que constituyen una auténtica galería de retratos. La inspiración de esta obra en un grabado sea probablemente el motivo.

La Virgen bendice de modo especial a los dos primeros monjes que podrían ser  Dominique Hélion y Jean de Rhodes por su papel en la difusión del rosario, simbolizado por las rosas y los jazmines esparcidas en el suelo con gran delicadeza.

Se aprecia el gran dominio de Zurbarán al tratar las distintas calidades de la materia como se ve en los hábitos de los monjes  y su extraordinario sentido del color, con el que crea una luminosa composición que se ve enriquecida por los matices rosas de la túnica y del azul del manto que contrastan con el blanco de las vestiduras de los cartujos y con la oscuridad de la parte interior del manto. 

Imagen en alta resolución (Google Arts & Culture)

Salero de Neptuno

Anónimo Escuela Flamenca
Plata, plata dorada y cristal
59,5 x 48 x 49 cm.
Hacia 1640
Procedencia
Familia de los Marqueses de Blanco Hermoso. Sevilla
Comentarios

El Barroco es el período de esplendor de la platería europea tanto religiosa como civil y esto queda reflejado en la colección del museo con una importante obra que, procedente de la colección de los marqueses de Blanco Hermoso, fue adquirida por la Junta de Andalucía en 1988. 

Realizado en plata dorada y blanca y cristal, representa el carro de Neptuno conducido por el mismo dios que sujeta las riendas con una mano mientras que con la otra levanta el tridente, su atributo. Está sentado sobre una concha en el carro que surge del agua tirado por hipocampos y acompañado de varias figuras antropomórficas de escamosas piernas que tocan las caracolas que anuncian la llegada del dios. Durante los siglos XVI y XVII era habitual la representación de Neptuno en piezas de mesa, sobre todo en las relacionadas con el agua y la sal, como es el caso.

La peana, rectangular, escalonada y ochavada, reproduce la superficie de un mar agitado y está decorada con seis tritones.

En esta pieza, que está realizada en época temprana, sobresalen características que van a ser propias del Barroco como son el dinamismo y la expresividad de los caballos, que aparecen de modo naturalista con las bocas piafantes y tratados de manera escultórica. 

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