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Tarde de toros (II)

Como continuación a las estampas del siglo XIX comentadas en "Tarde de toros (I)", publicadas en esta misma web, presentamos varias obras de la colección del Museo, o que pueden contemplarse en sus salas, de conocidos pintores sevillanos y andaluces que desarrollaron su carrera en los siglos XIX y XX y representaron la fiesta preferentemente desde los postulados de la pintura costumbrista y realista.

Toreros, hacia 1890
José García Ramos (Sevilla, 1852 - 1912)
Plumilla y aguada sobre papel, 117 x 189 mm
Donación de María Luisa Álvarez Quintero, 1966
Depositado en el Museo Quinteriano, Utrera

Este apunte nos ofrece un estudio de la figura de un torero en seis posiciones distintas. Con magistral dominio de la plumilla y la aguada, capta de forma casi fotográfica distintas posturas de un torero en reposo, en actitud casi de ensimismamiento, transmitiendo a base de manchas de tinta toda la seriedad, profundidad y elegancia del arte del toreo. La figura es estudiada desde diferentes ángulos: de frente o levemente girado hacia la derecha, con el pie derecho adelantado en lo que parece intuirse un albero que no esta dibujado, de perfil de espaldas, con la mano en la frente a modo de visera para protegerse de la luz o con el capote al brazo dispuesto para el paseíllo.

Con la plumilla afina en los adornos del vestido, chaquetilla, corbatín, medias y manoletinas, definidos con finos trazos. 

El dibujo está firmado por Gonzalo Bilbao, algo que sucede en varios de los dibujos de García Ramos, para darles valor a varios de ellos que quedaron sin firmar a su muerte y su viuda necesitaba vender. 


Citando a banderillas, hacia 1895
José García Ramos (Sevilla, 1852 - 1912)
Óleo sobre lienzo, 65 x 37,5 cm
Donación de Alfonso Grosso, 1945

El pintor compone la figura principal con soltura, logrando captar el movimiento y el gesto del banderillero con precisión y a la vez con naturalidad, valiéndose de una pincelada ágil que evita caer en un detallismo anecdótico pero que, sin embargo, logra el efecto de luz y el dibujo deseados, especialmente apreciable en los bordados del traje de luces. No menos atractivo resulta el tratamiento pictórico del fondo del lienzo. Trazos rápidos y cortas pinceladas componen el tendido de la plaza, definido con un dibujo abocetado y un exquisito colorido que se aleja de la técnica precisa, casi miniaturista, que el pintor emplea en muchas ocasiones y que ha sustituido esta vez por una mayor libertad en el trazo.

Las pequeñas figuras de toreros que ocupan el segundo plano o los personajes y capotes que aparecen en el callejón de la plaza, nos dan una idea de este proceso creativo nada preocupado por el detalle y mucho más interesado en el efecto cromático general y en la definición acertada de luces y sombras. 

En el fondo, la figura del  torero que se sitúa en segundo plano cubriéndose la cara para protegerse del sol, es la misma que utiliza,  en varias de sus composiciones taurinas que son sin embargo escasas, algo que sorprende en un pintor tan proclive a representar asuntos populares. 


Entrando a matar, 1897
José García Ramos (Sevilla, 1852 - 1912)
Óleo sobre lienzo, 72,5 x 54,4 cm
Donación de Alfonso Grosso, 1945

La obra narra un suceso real ocurrido en la Plaza de toros de Las Ventas al representar al torero  Juan Gómez de Lesaca García (1867 - 1896) el día de la confirmación de su alternativa en Madrid, el 2 de junio de 1895, de manos de Fernando Gómez, el Gallo. Lo vemos en el momento en que se dispone a entrar a matar el toro Mechones de la ganadería de Veragua. Un año después, la noche del 15 de octubre de 1896, fallecería en Madrid tras haber sido corneado en la plaza de Guadalajara, suceso que motivó que el cuadro se pintara para ser rifado en 1897 a beneficio de la familia del torero fallecido. La revista madrileña Pan y Toros en su número 58, de 10 de mayo de 1897, reproduce la obra, indicando su exposición en un comercio, en el número 60 de la calle Sierpes de Sevilla, para el citado sorteo. 

El fondo del lienzo describe los tendidos con los espectadores y los personajes secundarios del ruedo y el callejón con una pincelada rápida y poco empastada. Manchas breves de color componen el gentío. Los dos compañeros de lidia de Lesaca también están tratados con unos breves toques de pincel, sabiendo componer sus pequeñas figuras con veracidad. La escena principal, sin embargo, es menos espontánea, algo rígida, quizás por utilizar una imagen anterior, probablemente una fotografía.

Al igual que señalábamos en Citando a banderillas, repite la imagen del torero protegiéndose con la mano del sol. 

 

La muerte del maestro, 1910
José Villegas Cordero (Sevilla, 1844 - Madrid, 1921)
Óleo sobre lienzo, 342 x 514 cm
Adquisición de la Junta de Andalucía para su depósito en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, 1996

La muerte del maestro supone la culminación de una serie de cuadros de género taurino realizados por Villegas que, además, introduce una singularidad dentro del género: su concepción como un gran cuadro de historia.

La obra está inspirada  en una corrida de toros celebrada en honor de El Tato a la que el pintor asistió en la Plaza de Toros de La Real Maestranza de Sevilla y en la que el matador Bocanegra resultó cogido de gravedad. En ese momento tomó algunos apuntes que después trasladó al lienzo, trabajando en él durante quince años en los que realizó continuos cambios. El resultado final es una escena de gran dramatismo, situada en la capilla de la plaza, en la que los expresivos miembros de la cuadrilla muestran un repertorio de actitudes conmovidas y sinceras en torno a la figura del maestro muerto. 

En cuanto a su técnica, vemos diferencias entre algunas zonas, en las que la pintura es tan ligera que permite ver la trama del lienzo, y otras, de gran empaste, que coinciden con las sucesivas modificaciones. A medida que las realiza, la pincelada se va haciendo más densa por superposición de capas y su empaste impide la visión de la armadura de la tela, mostrando un aspecto de superficie continua y brillante. Va variando el colorido, que se vuelve más audaz y vibrante, con un mayor uso del claroscuro, aportando más intimismo y gravedad a la escena. Derrocha riqueza en trajes y accesorios cuyos brillos, de plata y oro, ofrecen un acertado contraste visual frente a la semipenumbra de la habitación, solo turbada por la luz que entra por la pequeña puerta, donde se agolpan algunos curiosos, y por la apagada llama que emiten las velas de altar.

  

El picador, 1915
Andrés Parladé (Málaga, 1859 - Sevilla, 1933)
Óleo sobre lienzo, 105 x 129 cm
Donación de Andrés Parladé, conde de Aguiar, 1944
Depositado en el Museo de Artes y Costumbres Populares, Sevilla, 1972

Parladé ha captado el gesto noble de un profesional de la fiesta, un picador de cierta edad que se muestra seguro de su experiencia. La frente brillante, el rostro enrojecido por el esfuerzo y el pelo despeinado parecen anunciar que ha acabado la faena y disfruta de un merecido descanso, fumando un cigarrillo apenas perceptible mientras se ha quitado el castoreño que descansa sobre su pierna. El pintor ha querido mostrarnos, en definitiva, un testimonio de trabajo y dignidad.

Se trata de la única obra que conozcamos en la que un picador ocupa su atención, frente a otras  numerosas  en que los toreros son protagonistas. Por esta razón, y por la fuerza que presenta el personaje, podemos pensar que nos encontramos ante un verdadero retrato de un picador y no ante un posado de un modelo. 

La intensidad de la luz desciende paulatinamente desde el brillo de la frente a la zona de sombra en el respaldo de la silla, tratándose de una obra más luminosa y de colorido más cálido de lo que nos tiene acostumbrados el pintor. Ha resuelto las calidades de las telas magistralmente, contrastando especialmente la chaquetilla plata y rosa con la calzona tono siena. El forro rojo vivo del castoreño crea un punto de atención que equilibra la composición. 


El triunfo, 1922
Andrés Parladé (Málaga, 1859 - Sevilla, 1933)
Óleo sobre lienzo, 188 x 110 cm
Donación de Andrés Parladé, conde de Aguiar, 1944
Depositado en el Museo de Artes y Costumbres Populares, Sevilla, 1972

El torero está saludando al tendido, que le aplaude en el momento en que ha culminado la faena tras la muerte del toro, que aparece en la arena del ruedo tras él. El tratamiento de la escena es casi fotográfico al mostrarnos una expresiva instantánea. El personaje se presenta desde un punto de vista bajo, lo que le otorga una particular elegancia y verticalidad a la composición. Su rostro se recorta sobre el oscuro callejón y su expresión, acentuada por el blanco de su camisa, gana protagonismo frente al negro de su vestimenta que resulta particularmente original con la utilización del azabache en las aplicaciones y alamares. El toro, en cambio,  destaca como una mancha de color negro recorrida por el rojo de la sangre en su parte delantera y en primer plano, resuelto de modo magistral, como principal testigo de la hazaña, el capote rojo.

Con sobriedad de recursos el pintor, buen aficionado a los toros, ha logrado transmitir la profunda satisfacción y sensación de plenitud que provoca una buena faena.

 

Retrato de Juan Belmonte, 1946
Daniel Vázquez Díaz (Nerva, Huelva, 1882 - Madrid, 1969)
Óleo sobre lienzo, 101 x 80 cm
Donación María Luisa González-Barba Quintero, 2018

Este retrato representa a Juan Belmonte García, torero nacido en Sevilla en 1892 y fallecido en Utrera en 1962. Gran figura del toreo en su época, y uno de los grandes nombres de la historia de la tauromaquia, tomó la alternativa en 1913, dejando los ruedos en 1935. Juan Belmonte fue un torero que gozó de enorme fama a nivel popular y de gran prestigio entre los intelectuales de su época. De ello son pruebas elocuentes los poemas a él dedicados por Gerardo Diego y Bergamín o los textos elogiosos de, entre otros, Azorín o Valle Inclán. Por otro lado, su enorme prestigio tiene su reflejo también en el arte, ya que no solo fue retratado por Vázquez Díaz sino que posó para otros grandes artistas españoles de su época como Julio Romero de Torres o el escultor Mariano Benlliure.

Obra muy característica del artista, ya que dedicó gran parte de su producción al género del retrato, es propia de su estilo avanzado, de técnica más convencional que en obras de décadas anteriores. 


La cuadrilla de Juan Centeno, 1953 
Daniel Vázquez Díaz (Nerva, Huelva, 1882 - Madrid, 1969)
Óleo sobre lienzo, 226 x 181 cm
Depósito del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid, 1970

En este espléndido cuadro el autor no trata de presentar a una gran figura del toreo, como ocurre en otros lienzos de su producción, sino a un modesto diestro, Juan Centeno Ortiz,  novillero alicantino. Aparece sentado en primer término, vestido de grana y negro, en actitud un tanto desafiante, flanqueado por dos miembros de su cuadrilla de mirada concentrada, como corresponde al momento anterior a la corrida. Completan la escena las figuras de otros peones y la cabeza de un picador situados al fondo. 

El tema taurino le sirve al autor de pretexto para captar figuras de sobria estructura y contundente volumen. El artista realiza un proceso de síntesis formal y rigor plástico ya que había conocido el cubismo en París. 

Esta obra fue premiada con medalla de honor en la Exposición Nacional de 1954. 

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